—Porque querías sentirte útil —la interrumpió él—. Pero no confundas eso con tener derechos.
La gente del mercado guardó silencio.
Sofía quiso llorar, pero se obligó a no hacerlo. No delante de Valeria. No delante de Diego. No delante de su hija.
Tomó la pluma y firmó el acuerdo que Diego le puso enfrente.
—No te arrepientas después —dijo ella.
Diego soltó una risa cruel.
—¿Arrepentirme de dejar a una vendedora de verduras?
Esa noche, Sofía volvió a la casa a recoger sus cosas. La hermana de Diego, Karla, ya estaba esperándola en la puerta.
—Mi hermano dijo que te largaras. No eres bienvenida.
—Solo vengo por mi ropa y las cosas de Camila.
—Camila se queda con su padre. Tú no tienes cómo mantenerla.
Sofía empujó la puerta, pero Karla le arrebató una maleta y la tiró al piso.
—Deberías agradecer que te dejamos comer gratis tantos años.
Sofía la miró con una tristeza tan profunda que parecía cansancio.
—Gratis no. Todo lo pagué con años de silencio.
Karla se burló.
—¿Y ahora qué harás? ¿Vender más zanahorias?
Sofía no contestó. Tomó lo poco que pudo y salió con la misma bolsa donde antes llevaba verduras. Afuera, Camila corrió hacia ella llorando.
—Mamá, yo quiero ir contigo.
Sofía se agachó y la abrazó.
—Todavía no, mi amor. Pero te prometo algo: muy pronto vas a tener una casa donde nadie pueda sacarnos.
Al día siguiente, Sofía fue al banco. Entró con su ropa sencilla, el mandil doblado bajo el brazo y la tarjeta negra en la mano. Una ejecutiva la miró de arriba abajo.
—Señora, si viene a pedir ayuda social, la ventanilla está al fondo.
—Vengo a revisar el saldo de esta tarjeta.
La mujer soltó una sonrisa de burla.
—¿Usted sabe qué tipo de tarjeta es esa?
—Por eso quiero revisarla.