L Sofía Mendoza estaba acomodando los manojos de cilantro cuando el auto negro se detuvo frente al mercado de Coyoacán.
Era una mañana clara, de esas en que la luz cae sobre las frutas como si las hubiera lavado con oro. Las señoras regateaban jitomates, un vendedor gritaba el precio de los aguacates y el olor a chiles asados se mezclaba con el pan dulce de la esquina. Sofía llevaba el mandil verde de siempre, las manos húmedas por lavar acelgas y el cabello recogido con una pinza vieja que su hija le había decorado con una estrellita de plástico.
—Doña Sofi, ¿me da dos calabacitas y un kilo de papa? —pidió una clienta.
—Claro, Lupita. Están bien frescas, mire.
Sofía sonrió como sonreía siempre: con cansancio, pero con dignidad. Tenía treinta y ocho años, aunque algunos la llamaban “señora” como si la vida ya le hubiera quitado el derecho a sentirse joven. Durante más de diez años había mantenido aquel puesto de verduras, despertándose antes del amanecer, cargando cajas, soportando lluvia, calor y miradas de lástima. Lo hacía por su hija, Camila. También lo hacía porque su esposo, Diego Herrera, siempre decía que su “negocio de verduras”@ era poca cosa, pero nunca rechazaba el dinero que ella ponía en la casa cuando la empresa de él iba mal.
El auto negro no pertenecía a ese paisaje.
De él bajó un hombre de traje oscuro, elegante, con lentes finos y una carpeta de piel en la mano. Caminó directamente hacia el puesto de Sofía mientras algunos vendedores dejaban de hablar.
—¿Usted es la señora Sofía Mendoza?
Sofía pensó que quizá venía del banco, o peor, de alguna deuda de Diego.
—Sí, soy yo. ¿Se le ofrece algo?
El hombre inclinó la cabeza con respeto.
—Mi nombre es Alejandro Saldívar. Fui abogado y representante de su tío, don Eduardo Mendoza.
Sofía frunció el ceño.
—Mi tío Eduardo murió hace años.
—Murió hace tres semanas, señora. Y antes de fallecer dejó instrucciones muy claras. Usted es su única heredera.
Una señora soltó una carcajada nerviosa.
Sofía también sonrió, pero sin alegría.
L—Mire, licenciado, yo tengo que vender. Si esto es una broma, búsquese a alguien con tiempo.
Alejandro abrió la carpeta y sacó una tarjeta negra, pesada, con el nombre de Sofía grabado en letras discretas.
—Aquí hay un anticipo de cien millones de pesos. Además, usted heredó la mayoría accionaria del Grupo Altavista, desarrollos inmobiliarios, inversiones y varias propiedades. Su tío quiso mantenerlo en secreto hasta que usted pudiera ver quién la quería por lo que era y quién@ solo por lo que creía que usted valía.
Sofía miró la tarjeta como si fuera un objeto caído de otro planeta.
L—Yo vendo verduras, señor.
—Lo sé —respondió Alejandro—. Por eso don Eduardo confiaba en usted. Decía que una persona que sabe contar monedas también sabe cuidar millones.