L El aire olía a gasolina. Me apoyé contra el coche. Una nueva ola de náuseas sacudió mi cuerpo. Date prisa, Mila, dijo Arturo. Mi marido, sin siquiera mirarme. Llegamos tarde. No puedo controlarlo. Exhalé. Mi suegra, doña Carmen, se giró desde el asiento del copiloto. Basta ya. Todas pasamos por esto. No exageres, solo necesito un minuto. No tenemos un minuto, cortó Arturo. Si no puedes aguantar, quédate. El motor arrancó. El coche empezó a moverse. Espera, grité. Doña Carmen bajó la ventanilla un par de centímetros. ¿Podrás volver sola? Toma. Empujó mi maleta hacia afuera. Cayó al asfalto. Luego tiró mi bolso encima. Vuelve a Madrid. Esta noche tenemos la cena. No llegues tarde. Os habéis vuelto locos. Estoy embarazada. Ya se te pasará, dijo Arturo sin mirar atrás. Pisó el acelerador. El coche se alejó a toda velocidad por la A6. @Me quedé sola. La rabia secó mis lágrimas. Respiré hondo, recogí el bolso y la maleta, entré en el edificio del área de servicio, pedí un vaso de agua y saqué el móvil. Ni llamadas ni mensajes. Abrí la aplicación y puse el destino. Madrid, barrio de Salamanca, nuestra dirección. El viaje en el caby transcurrió en silencio. Él, conductor, no hizo preguntas.
L Yo miraba por la ventanilla pensando en nuestro ático, nuestro nidito de amor. Ahora me habían echado de él. El coche se detuvo. Me bajé y tecleé el código en la puerta del portal. Error. Lo intenté de nuevo. Error. Código incorrecto. El corazón me empezó a latir con fuerza. Busqué las llaves. La llave no giraba. La cerradura era nueva, la habían cambiado. Me apoyé contra la puerta, respirando con dificultad, y miré hacia la ventana de nuestro salón. Las persianas estaban bajadas. El felpudo con palabra bienvenidos había desaparecido. Mila, ¿eres tú? Era Pablo, mi vecino. Del segundo. Se asomaba por su ventana.@ Hola, Pablo. Problemas. Bajo ahora mismo, en un minuto, Pablo salió, me miró, luego miró la maleta y después la cerradura. La han cambiado, dije. Él asintió sin hacer preguntas. No puedes quedarte en la calle. Sube, tómate algo. Asentí. No tenía fuerzas. Su piso era muy acogedor. Me senté y él me trajo una manzanilla. Llamo a alguien. A Arturo preguntó. Arturo es el que ha cambiado la cerradura. Pablo se quedó callado y volvió a a sentir. Quédate aquí el tiempo que necesites. Mi teléfono vibró. Era Arturo. Descolgé. Sí. Dije con voz glacial. Mila, ¿dónde estás? Sonaba irritado. Mis primos llegan en una hora. ¿Dónde está la bezuera? Y tienes que comprar gambas. Se hizo el silencio. Suspiré profundamente. Miré a Pablo y pronuncié una sola frase clara y lentamente. Cocina tú, Arturo, y quédate con la besuguera, con el piso y con tu madre. Colgué y apagué el móvil. Pablo no dijo nada, solo arqueó una ceja. Supe que ya nada volvería a ser como antes. La puerta se había cerrado y nunca más volvería a abrirla.LI
A la mañana siguiente me desperté en la habitación de invitados de Pablo. La luz se filtraba suavemente por las persianas. Por un segundo todo estuvo en calma. Luego el recuerdo me golpeó como un puñetazo. La autovía, el coche alejándose, la cerradura nueva. Su llamada. Cocina tú. Arturo, me senté en la cama. La furia del día anterior se había solidificado. Ya no era fuego, sino algo frío, duro y afilado. Un propósito. Pablo ya estaba en la cocina. Olía a café recién hecho. Buenos días, dijo, sirviéndome una taza sin preguntar. ¿Cómo has dormido? Como si hubiera dormido. Durante años respondí. Y era verdad, Pablo, necesito un favor, necesito un teléfono, uno que no puedan vincular conmigo. Él miró su propio móvil sobre la encimera. Luego me miró a mí y asintió. Tengo uno viejo de prepago. No está a mi nombre. Se acercó a un cajón y sacó un móvil sencillo. La tarjeta SIM tiene saldo. Gracias. De verdad, de nada. ¿Vas a desayunar? No tengo hambre. Sonrió con tristeza. Tienes que comer. Por dos. Tenía razón. Ya no se trataba solo de mí. Cogí una tostada mientras masticaba, un plan iba tomando forma en mi cabeza. Llamaría a Víctor. Víctor había estudiado conmigo en la universidad.LI
Ahora era detective privado, un hombre discreto y un excelente profesional. Llevábamos años sin vernos, pero siempre nos habíamos respetado. Usé el teléfono de Pablo para buscar su número en mis redes sociales. Lo encontré. Víctor Mendoza. Investigaciones confidenciales. Marqué el número desde el teléfono de prepago. Dos tonos. Dígame. Respondió su voz profesional. Víctor, soy Mila. Camila Navarro. Breve pausa. Mila. Dios mío, cuántos años, ¿cómo estás? Necesito tu ayuda, Víctor, ahora mismo. Y tiene que ser absolutamente confidencial. Su tono cambió de inmediato, volviéndose serio y concentrado. Habla mi marido, Arturo Romero. Necesito saberlo todo. ¿A dónde va? ¿Con quién se ve? ¿En qué se gasta el dinero? Todo. Otra pausa un poco más larga. Es para lo que me imagino. Mila. Sí, para el divorcio. Pero necesito munición de la buena pesada. Entendido. Se oyó el repiqueteo de un teclado. Mándame toda la información que tengas. Su trabajo, la matrícula del coche, los sitios que frecuenta. Me pongo a ello. Mis honorarios. No te preocupes por eso. Te pagaré. Nos vemos esta tarde en un lugar discreto. Te mandaré un mensaje con la dirección. Colgé. El primer paso estaba dado. La primera grieta en el muro de su vida. Perfecta. Pablo me observaba desde el marco de la puerta de la cocina. ¿Todo bien? Preguntó. Empieza a estarlo.
El timbre del piso de Pablo nos hizo sobresaltar a los dos. No eran ni las 10 de la mañana. Pablo frunció el ceño y fue a mirar por la mirilla. Su expresión se endureció. Tu suegra, dijo en voz baja. Doña Carmen, no perdía el tiempo. Abre, dije, poniéndome en pie. El teléfono de prepago tenía función de grabadora. La activé en silencio y dejé el móvil sobre la mesa cerca de nosotros. Pablo abrió la puerta. Doña Carmen entró como un huracán. Estaba impecable como siempre. Un traje de chaqueta caro, el peinado perfecto, pero sus ojos echaban chispas. ¿Dónde está esa desagradecida? Rugió sin siquiera saludar. Buenos días, Carmen”, dije asomándome desde la cocina. Me apoyé en el marco cruzándome de brazos. Tener la desfachatez de abandonar a tu marido anoche cuando toda la familia os estaba esperando. Nos has dejado como unos salvajes. “Abandonar?”, pregunté con voz tranquila. “¿Me abandonasteis vosotros en una gasolinera? No os abandoné. Me echasteis. Tonterías. Estabas con náuseas. Ya se te ha pasado. Podrías haber cogido un taxi. En lugar de eso, viniste corriendo a llorarle a este vecino. Dijo, señalando a Pablo con desprecio. ¿Qué está pasando aquí? Un nidito de amor. ¿Por eso no quieres volver a casa?
Pablo dio un paso al frente, pero con un gesto casi imperceptible le pedí que se calmara. Quería escucharla. Quería que siguiera hablando. “Arturo, está destrozado,” continuó ella, bajando un poco el tono y adoptando una falsa expresión de pena. Todos estábamos muy preocupados. Sabemos que no estás bien, Mila. El embarazo a veces afecta a la mente. Tienes que volver para que podamos cuidarte. Ahí estaba la primera semilla. Afecta a la mente. Estaba preparando el terreno. ¿Tenéis algo mío, Carmen? En el piso? Pregunté ignorando su teatro. Por supuesto, tus cosas y las de este niño. La palabra salió de su boca como, “Veneno. Puedes pasarte a recogerlas cuando quieras, pero ven sola y en tu sano juicio. Arturo te ha pedido cita con un especialista, un psiquiatra muy bueno. Él te ayudará.” No, pensé. Él me diagnosticará. Me lo pensaré, me limité. Decir, no te lo pienses. Obedece. Será lo mejor para todos y sobre todo para ese niño. No puede crecer con una madre inestable. Se dio la vuelta satisfecha, creyendo que había ganado. Te esperamos esta noche y lávate la cara. Pareces un fantasma. Salió dando un portazo. El silencio que dejó a su paso era espeso. Pablo exhaló. Dios mío, qué mujer peligrosa. Terminé por él. Cogí el teléfono y detuve la grabación. Tenía su voz diciendo claramente, “Afecta a la mente, psiquiatra, madre inestable, era oro puro. Necesito entrar en ese piso, Pablo, ahora mismo, antes de que deshagan mis cosas. ¿Estás segura? Podría ser una trampa. Es una trampa, pero necesito una cosa. Mi historial médico, mis análisis, la primera ecografía. Estaban en el cajón de mi mesilla.