Media hora después, Pablo me dejó en la esquina de mi calle. Subí con el corazón a 1000 por hora. Tecleé el nuevo código que había visto usar al repartidor el día anterior. Funcionó. Subí por las escaleras sin esperar al ascensor. La puerta de mi piso de su piso estaba cerrada. Probé mi llave antigua. No encajaba, por supuesto. Toqué el timbre. Abrió Arturo. Parecía cansado, de mal humor. Al verme, su expresión se suavizó un poco, poniéndose la máscara de la preocupación. Mila, gracias a Dios. Pasa, por favor. Tenemos que hablar. No voy a entrar. He venido a por mis cosas. Mila, por favor. Lo de ayer fue un error, un momento de tensión. Mi madre y yo estábamos muy agobiados por el viaje. No eras tú misma. Estoy embarazada de 4 meses, Arturo. Es normal no ser yo misma. Lo que no es normal es dejar a tu mujer embarazada, tirada en la curacer, en autovía. Se pasó la mano por el pelo, un gesto que antes me parecía atractivo y ahora me resultaba repulsivamente falso. Basta ya! Gritó la voz de doña Carmen desde dentro. Que coja sus bártulos y se largue. No vamos a discutir en la puerta. Arturo se apartó. Entré. El piso olía a limpio. Alejía. Demasiado limpio, como si hubieran querido borrar mi rastro. Mis cosas ropa, algunos libros estaban amontonadas en cajas de cartón junto a la puerta. Ni siquiera las habían presentado. Doña Carmen estaba en medio del salón de brazos cruzados observándome. Ahí lo tienes todo. Compruébalo si quieres. No nos hemos quedado con nada tuyo. El desprecio en la última palabra me quemó.L
Me agaché frente a las cajas, ropa, zapatos, objetos sin importancia. @Mi carpeta con los documentos, médicos no estaba. Falta algo”, dije poniéndome de pie. Una carpeta azul que estaba en mi mesilla. Arturo y Carmen intercambiaron una mirada rápida, demasiado rápida. “No había ninguna carpeta”, dijo Arturo con demasiada firmeza. Estaba ahí con todos mis análisis y mi historial clínico. “A lo mejor la tiraste sin querer, querida”, intervino Carmen con una voz dulce que me revolvió. El estómago. Con lo despistada que estás últimamente, me di la vuelta y caminé directa hacia nuestra habitación. Nuestra. Ahora de ellos. Eh, ¿a dónde vas?, protestó Arturo, siguiéndome. Abrí el cajón de mi mesilla de noche, vacío, limpio, como si nunca hubiera habido nada dentro. Estaba aquí”, dije señalando el cajón vacío. “Te digo que ahí no había nada”, insistió Arturo agarrándome del brazo. “Mila, de esto es de lo que hablo.” “No estás bien, te confundes, te olvidas de las cosas. Me safé.” Su tacto me daba asco. “¿Qué habéis hecho con mis análisis?” “Nada”, gritó Carmen desde la puerta. Pero si tantas ganas tienes de ver esos papeles, toma. Aquí los tienes. Abrió su carísimo bolso del OEB y sacó una carpeta. No mi carpeta azul, sino una de cartón marrón. Me la tiró. La carpeta cayó a mis pies. Me agaché con un presentimiento que me heló la sangre.
La abrí. Dentro había unos informes médicos. Los leí. No eran análisis de sangre ni ecografías. Era un informe psiquiátrico a mi nombre de una clínica privada de la que nunca había oído hablar, fechado hacía dos semanas. En él, con términos técnicos y crueles, se me diagnosticaba un trastorno límite de la personalidad con episodios psicóticos agravados por el embarazo. Recomendaba observación urgente y reposo absoluto, preferiblemente en un entorno controlado. Al final, una firma ininteligible y un sello. Levanté la vista. Los dos me miraban. Arturo con falsa lástima, Carmen con una sonrisa triunfal. Apenas disimulada. “Ves,”, dijo Arturo con voz suave, venenosa. “Por eso estábamos preocupados, cariño. Por eso queremos ayudarte. Esto lo explica todo. Tus nervios, tus cambios de humor, lo de ayer en la carretera.” “¿No estás bien, Mila? Deja que te ayudemos.” Apreté la carpeta con tanta fuerza que el cartón crujió. Aquello no había sido solo un destierro, era una trampa profunda y perfectamente calculada. Querían encerrarme, privarme de mi credibilidad, de mi libertad y probablemente de mi hijo. El frío en mi interior se volvió absoluto. Cero grados, cero dudas. Lo entiendo, dije. Mi voz sonó plana, distante, incluso para mí misma.
Tienes razón, no me encuentro bien. Cerré la carpeta marrón y me la apreté contra el pecho como aferrándome a ella. Necesito, necesito pensar a solas en un sitio tranquilo. Carmen puso cara de falsa compasión. Claro, hija. Tómate tú tiempo, pero no lo alargues mucho. Por el bien del niño. Sí, susurré. Por el bien del niño. Salí del dormitorio. Pasé por delante de las cajas con mis cosas sin mirarlas. Salí al descansillo. La puerta se cerró a mi espalda. Oí el chasquido de la cerradura. Bajé las escaleras peldaño a peldaño, agarrándome a la varandilla. Solo cuando salí a la calle, bajo la luz segadora del sol de Madrid, pude soltar con el aire. Abrí la carpeta marrón. Rompí el informe falso en mil pedazos y los tiré en una papelera de la calle Velázquez. Aquello no era lo que necesitaba. Necesitaba lo que me habían robado. Mi verdadera prueba, mi verdad. Pero ahora tenía algo más. La prueba de sus mentiras, de su maldad calculadora. Y lo tenía grabado. Pablo me recogió en la siguiente esquina. ¿Lo has conseguido?, preguntó cuando me subí al coche. Sí. Me enseñó su teléfono. Había una foto tomada desde la ventana de su piso con el zoom nítida. Doña Carmen en la puerta del portal entregándome la carpeta marrón. La fecha y la hora están registradas. Justo cuando sacaste lo tuyo. Se lo han quedado, pero me han dado esto. Saqué el teléfono de prepago y le enseñé la grabación de voz de Carmen. Luego miré la ventanilla. Esto ya no es un divorcio, Pablo, es una guerra. Él sonrió. Un gesto sin alegría. Entonces, asegurémonos de que tienes las mejores armas. Tú, detective, he quedado con él.
Esta tarde en un sitio tranquilo. Bien. Y después necesitarás una abogada. No cualquier abogada, un pitbull. Conozco a una. Mientras conducía de vuelta a su casa, me quedé mirando los pedazos del informe psiquiátrico falso en la papelera, desapareciendo de mi vista. Se creían que me habían colgado una etiqueta, que me habían desarmado. Se equivocaban. Solo me habían dado un motivo para luchar y no pensaba perder. Víctor, mi antiguo compañero de clase, me esperaba en una discreta cafetería del barrio de Chamberí. Llevaba gafas de pasta y una chaqueta Sport. Parecía un oficinista cualquiera. Me saludó con un movimiento de cabeza. No nos abrazamos, Mila. Siento mucho que las cosas hayan acabado así. No hay tiempo para eso, Víctor. ¿Qué tienes? Sacó un modesto sobre marrón y lo deslizó por la mesa. Lo abrí. Dentro había fotografías.
No eran fotos borrosas tomadas de lejos, sino nítidas, claras, crueles. Arturo, saliendo de un hotel en el centro. No iba solo. Llevaba del brazo a una joven rubia con una ligera sonrisa. Catalina, su secretaria. En otra foto cenaban en un restaurante íntimo. Sus manos se rozaban sobre la mesa. En una tercera, él compraba algo en una joyería. Ella se probaba collar. Arturo sonreía con una sonrisa que yo no le veía desde hacía meses. Las fechas estaban anotadas en el reverso. Algunas tenían casi un año, otras de la semana pasada. Cuando yo vomitaba por las mañanas en el baño, él le compraba joyas a su amante. No sentí dolor, solo un vacío helado. Y después una certeza absoluta. Hay más, dijo Víctor bajando la voz. Hay un piso a nombre de ella, un estudio en el centro. Lo compró hace 8 meses. Usó dinero de la cuenta conjunta. Vuestros ahorros, un estudio, un idito de amor pagado con mi dinero. Necesito copias de todo. Fotografías, escrituras del piso, extractos bancarios. Ya está todo en un penrive. Toma. Puso sobre la mesa un pequeño llavero USB. Y hay otra cosa, la chica Katy no es solo una secretaria. Su padre es el socio minoritario en la K, empresa de Arturo Fernando Soler. Una relación muy conveniente.
Claro, no era solo una aventura, era una alianza. Arturo se aseguraba el apoyo del padre a través de la hija. Todo era cálculo, incluida yo, incluido este hijo. Éramos un obstáculo. Gracias, Víctor. ¿Cuánto te debo? Hablaremos de eso luego. Primero gana, luego me pagas. Hizo una pausa. ¿Qué vas a hacer? Miré las fotos. Arturo, riéndose, besando a Katy, viviendo una vida paralela. Voy a darles exactamente lo que quieren dije, recogiendo las fotos y guardándolas en mi bolso. Van a pensar que han ganado. Volví al piso de Pablo. Tenía un plan, un plan arriesgado. Se lo conté todo. Él me escuchó palideciendo por momentos. Esto es muy peligroso, Mila. Si algo sale mal, todo ha salido ya mal, Pablo. Solo queda arreglarlo. ¿Me vas a ayudar? Él asintió sin dudarlo. Lo que necesito es que mañana por la mañana llames a una ambulancia y luego llama a este número. Le di un papel con el nombre y el teléfono de la abogada Irene Vargas, el pitbull, como él la había llamado. Dile que tengo toda la munición lista y que me espere.