A la mañana siguiente me puse unos vaqueros viejos y una camiseta. Me despeiné. No me maquillé, me miré al espejo. Parecía frágil, rota, perfecta. Pablo llamó al 112. Dijo que su vecina, una mujer embarazada, estaba sufriendo una crisis nerviosa, que decía cosas incoherentes y que temía por su seguridad. El samur llegó en 10 minutos. Dos sanitarios, un hombre y una mujer, subieron al piso. Yo estaba sentada en el suelo del salón, abrazándome las rodillas, balanceándome y murmurando cosas. Pablo los recibió con expresión de angustia. No sé qué le pasa. Empezó a gritar, a decir cosas sin sentido. Está de 4 meses. La sanitaria se acercó con voz tranquilizadora. Señora, ¿cómo se llama? ¿Qué ha pasado? La miré con los ojos muy abiertos. Arañas, susurré con voz ronca. Salen de las paredes. Quieren llevarse a mi bebé. Ha sido él quien las ha enviado. Él y su madre. Con sus ojos de serpiente. Los sanitarios se miraron. Pablo fingió. Horror. Lleva así desde anoche. No reconoce a nadie, ni siquiera a Dimy. Vamos a llevarla al hospital para que la vea un psiquiatra. Por su bien y el del bebé me ayudaron a levantarme. No me resistí. Caminé dócilmente entre ellos, murmurando sobre arañas y serpientes.
Pablo cogió mi chaqueta y mi bolso, donde estaba escondido el pendrive. “Iré detrás de vosotros con mi coche”, les dijo. En la ambulancia cerré los ojos. No me costó fingir agotamiento. Lo estaba. La actuación era solo la punta del iceberg de mi verdadero cansancio. En urgencias del hospital La Paz, me dejaron en una camilla en un rincón tranquilo. Un celador tomó mis datos. Di un nombre y un apellido falsos, un pasaporte falso que Pablo había conseguido. Dios sabe cómo, pero di mi número de DNI real. Eso era importante para dejar constancia de mi ingreso. Llegó La Camportante, psiquiatra de guardia, una mujer joven con ojos cansados. La doctora Laura Molina, ¿puede decirme qué le pasa, señora? Tengo miedo, dije. Y las lágrimas brotaron de verdad, porque de repente todo el miedo, la rabia y la traición salieron a la superficie. Mi marido y mi suegra quieren quitarme a mi bebé. Dicen que estoy loca. Han falsificado documentos, quieren encerrarme. La psiquiatra me observaba tomando notas. Han falsificado un diagnóstico que es mío. Quieren quedarse con mi casa, mi dinero y mi hijo. Le agarré el brazo con desesperación. Por favor, no me dejes sola. No los llame, se lo suplico. Me miró a los ojos buscando signos de delirio.
Yo solo le mostré miedo puro, una angustia real. Mi historia, aunque increíble, sonaba demasiado concreta para ser una invención. Vamos a hacerle unos análisis y la dejaremos en observación. No llamaré a nadie sin su permiso. Cálmese. Intente descansar por el bien del bebé. Me asignaron una habitación individual, pequeña, blanca, impersonal. La puerta no tenía cerrojo, una sala de observación. Cuando la enfermera salió, esperé, revisé mi bolso. El penrive estaba ahí y también el móvil de prepago de Pablo. Había poca cobertura, pero suficiente. Mandé un SMS al número que me había dado Pablo, el de Irene Vargas, la abogada. Soy Mila Navarro de parte de Pablo. Me han ingresado en la paz bajo observación psiquiátrica. Es una estrategia. Tengo pruebas de infidelidad, falsedad documental médica y desvío de fondos. Necesito verla urgentemente. La respuesta llegó a los 5 minutos. Mañana a las 11 visita de su abogada. Aguante. Aguantar. Esa era la clave. Aguantar y observar. Pablo vino a verme por la tarde. Me trajo ropa limpia y algo de comer. Hablamos en voz muy baja. Irene vendrá mañana. Es la mejor. No le tiene miedo a nada. Hizo una pausa. Ah, pasado algo, Mila. Después de que se fuera a la ambulancia, volví a tu calle para vigilar.
Delante de tu portal había una furgoneta de mudanzas. Su voz se volvió muy seria. Tu suegra, doña Carmen, estaba dando órdenes. Estaban sacando muebles. Tus muebles, el sofá, la mesa del comedor, las lámparas. Lo estaban metiendo todo en la furgoneta. El frío vacío dentro de mí se expandió. No les había bastado con echarme. Querían borrarme, dejar el nido limpio para el siguiente pajarito. Para Katy. Se lo han llevado todo. No todo. Lo que parecía valioso o era claramente tuyo. Vi cómo sacaban cuadros, la alfombra del salón. Hasta tu piano, Mila, el piano, el pequeño piano vertical que me había comprado con mi primer sueldo, mi única ferencia de mi abuela, que era profesora de música. No pude seguir la furgoneta para ver a dónde lo llevaban, pero bajó la voz. Hice algo mejor. Hice fotos con el zoom se ve claramente a doña Carmen dando indicaciones y se ve la matrícula de la furgoneta tumbada en la cama. Con la sábana blanca hasta la barbilla, sentí que la sonrisa que se dibujaba en mis labios era la más amarga de toda mi vida. Perfecto, susurré. Robo y apropiación indebida de bienes gananciales. Añade eso al dossier. Pablo, llévate las fotos. Irene querrá verlas. Él asintió, pero su mirada estaba llena de preocupación.
Esto se está poniendo muy feo, Mila. Tú aquí en el hospital y ellos saqueando tu vida. Mi vida no le corregí. Mirando por la ventana, cielo gris de Madrid. Solo mi vida antigua que se la queden. Voy a por una nueva y les haré pagar por cada silla, por cada plato, por cada lámpara de cristal que se han llevado. Pablo se marchó al anochecer, prometiendo volver al día siguiente con Irene. La noche en el hospital fue larga. Los sonidos de los pasillos, los susurros, el llanto de algún otro paciente. No dormí. Le di vueltas al plan en mi cabeza. Las fotos de Víctor, el informe médico falso, la grabación de Carmen, las fotos de la mudanza. Era un puzzle siniestro, pero todas las piezas encajaban, mostraban un patrón, acoso, manipulación, robo. Se creían que me habían acorralado, encerrada, desacreditada, robada, loca, inestable, habiendo abandonado el hogar. Pero la loca iba a pedir el divorcio con una montaña de pruebas. La inestable iba a reclamar hasta el último céntimo de los bienes gananciales y la que abandonó el hogar se iba a asegurar de que no les quedara ni un ladrillo tras el que esconderse.
Al día siguiente, a las 11 en punto, entró en mi habitación una mujer alta de unos 40 años, impecable con un traje de chaqueta cruzado, cabello rubio, platino cortado alogarzone y recogido en una coleta estricta. Llevaba un maletín de piel en la mano. Sus fríos ojos azules me escanearon al instante. Mila Navarro. Soy Irene Vargas. Pablo me ha puesto al corriente. Tome me tendió una tarjeta y luego cerró la puerta de la habitación. Dice que esto es una estrategia. Espero que sea buena, porque un ingreso voluntario en psiquiatría, aunque sea fingido, es un riesgo enorme. Era la única forma de que me dejaran en paz y de que su plan de hacerme pasar por loca se volviera en su contradije sentándome en la cama. Hablé con claridad, directa, sin titubeos. Tengo pruebas. Mi marido, Arturo Romero, me dejó tirada en las carretera estando embarazada. Cambió la cerradura de nuestro piso y falsificó un diagnóstico psiquiátrico para desacreditarme. Tiene una amante, Catalina Soler, hija del socio de su empresa. Ha usado nuestro dinero para comprarle un piso. Y ayer, mientras yo estaba aquí, mi suegra vació nuestro piso de los bienes. Gananciales. Tengo fotos de la mudanza. Irene no pestañó. Abrió el maletín, sacó una libreta y una pluma cara.
Enséñemelo. Saqué el pendrive. Ella traía un portátil pequeño. Lo encendió, insertó el USB y empezó a revisar las fotos de Arturo y Katy, los extractos bancarios, las fotos de la mudanza enviadas por Pablo. Escuchó la grabación de Doña Carmen. Cuando terminó, cerró el portátil. Sus labios finos se curvaron en algo que casi era una sonrisa. Esto no es un caso de divorcio, señora Navarro, es un caso penal. Maltrato psicológico, falsedad documental, apropiación indebida, posible administración desleal. Y lo de la mudanza es un delito flagrante. Hizo una pausa clavándome sus ojos azules. ¿Qué quiere? Dinero, el piso, la custodia. Lo quiero todo, dije, y mi voz no tembló. Quiero el piso, la mitad de todo, más una indemnización por daños morales. Quiero la custodia total y quiero que él y su madre se sienten en el banquillo. Quiero que la gente sepa quiénes son. Irene asintió lentamente. Era el asentimiento de una profesional que ve un caso jugoso con todas las cartas para ganar. Perfecto, entonces actuaremos así. Usted se queda aquí unos días más. Muéstrese cooperativa, cuerda, pero deprimida. Que piensen que su plan está funcionando. Yo, mientras tanto, presento la demanda de divorcio por vía de urgencia con medidas cautelares.
Solicitaremos una orden de alejamiento para Arturo y su madre y el embargo preventivo de sus cuentas y bienes por riesgo de ocultación de patrimonio. Con esas fotos de la mudanza, el juez no tendrá ninguna duda. Orden de alejamiento. Pregunté sorprendida hacia usted y sobre todo hacia domicilio conyugal. Desde el momento en que se les notifique, no podrán acercarse ni a usted ni al piso. Y si se han llevado algo, tendrán que devolverlo. Hizo una pausa. Y otra cosa, con ese diagnóstico falso podemos incluso presentar una querella por simulación de enfermedad mental. Eso es gravísimo. Hágalo dije sin dudarlo. Será duro, Mila. Será sucio. Sacarán todos los trapos sucios. Dirán que es usted una madre inestable, una esposa desequilibrada. Yo tengo pruebas, Irene. Ellos solo tienen mentiras. Ella recogió sus cosas y se levantó. Bien, entonces a la guerra. Me pasaré mañana con los papeles para que firme y relájese. Por una vez deje que otros hagan el trabajo sucio por usted. Para eso me pagan. Irene se marchó, dejando tras de sí una estela de perfume caro y de terminación. Me recosté en la almohada. Por primera vez en semanas sentí que podía respirar. No estaba sola. Tenía un ejército de un solo hombre, pero era un ejército de cuara.