Reservé una isla privada para salvar mi matrimonio… pero mi esposo llegó con su madre y su ex y me puso a servirles como si fuera su sirvienta.IL
—Tú vas a cocinar y limpiar mientras nosotros disfrutamos la playa, Mariana. Para eso también sirve una esposa.
La frase salió de la boca de mi esposo en pleno muelle privado de Cancún, frente a sus padres, frente a su exnovia y frente al capitán que esperaba para llevarnos en hidroavión a una isla privada que yo había reservado para nuestro aniversario.
Yo me quedé inmóvil, con los lentes de sol todavía en la mano y el corazón golpeándome como si quisiera salirse del pecho.L
Habían sido cinco años de matrimonio con Rodrigo Salvatierra. Cinco años en los que él presumía relojes caros, cenas en Polanco, camisas italianas y autos de lujo, mientras todos creían que era un hombre exitoso. La verdad era otra: la empresa de ciberseguridad que pagaba esa vida era mía. Yo la había levantado desde un departamento pequeño en la colonia Del Valle, durmiendo tres horas, rechazando fiestas, soportando deudas y burlas hasta convertirla en una firma millonaria.
Rodrigo trabajaba como gerente en una compañía @de importaciones, pero su sueldo no pagaba ni la gasolina del coche que manejaba.
Aun así, yo seguía creyendo que podía salvar nuestro matrimonio.
Por eso, para nuestro quinto aniversario, reservé una semana en una isla privada del Caribe mexicano: villa con chef, personal completo, playa exclusiva, transporte en hidroavión y privacidad total. Costó 150.000 dólares. Lo hice porque Rodrigo llevaba meses diciéndome que yo era fría, que mi empresa me había convertido en una mujer “sin hogar en la cabeza”,@ que él necesitaba una esposa más presente.
Quise creerle.
Una noche antes del viaje, le entregué el itinerario en un sobre negro con letras doradas.
—Es para nosotros dos —le dije—. Sin juntas, sin llamadas, sin distracciones. Solo tú y yo.
Rodrigo apenas levantó la vista del celular.
—Espero que haya buen internet —respondió—. No puedo desaparecer solo porque tú tengas culpa.
Me dolió, pero me tragué el orgullo.
Al día siguiente llegué al muelle con treinta minutos de retraso por una emergencia en la empresa. Esperaba verlo solo, quizá molesto, quizá impaciente. Pero no.
Rodrigo estaba ahí con su madre, Doña Graciela; su padre, Don Ernesto; y Valeria, su exnovia de la universidad, vestida con un vestido blanco de lino como si ella fuera la invitada principal.
Valeria le tocaba el brazo con confianza.
Doña Graciela me miró de arriba abajo, como siempre.
—Qué bueno que llegaste —dijo Rodrigo—. Invité a mis papás y a Valeria. Ella está pasando por un momento difícil. Además, la isla es enorme.
—¿Invitaste a tu ex a nuestro aniversario? —pregunté, con la garganta cerrada.
Él sonrió con fastidio.
—No empieces con tus dramas de directora ejecutiva. Tú puedes encargarte de la comida y de que todo esté limpio. Te hará bien hacer algo útil con las manos.
Entonces Doña Graciela soltó la frase que terminó de romper algo dentro de mí: