Su Esposo La Abandonó Por Ser Una Simple Vendedora… Sin Saber Que Ella Acababa De Heredar Cien Millones

Ella no contestó. Guardó la tarjeta en el bolsillo del mandil sin creer del todo. Siguió vendiendo chayotes, papas y cebollas como si nada hubiera pasado. Pero al fondo de su pecho algo empezó a moverse, una pequeña alarma, como si la vida acabara de abrir una puerta y detrás de esa puerta esperara una tormenta.

Esa misma tarde, Diego llegó al mercado con el rostro tenso. No venía solo. A su lado caminaba Valeria Ríos, una mujer de vestido blanco, perfume caro y sonrisa de superioridad. Camila, la hija de Sofía y Diego, venía detrás, confundida, cargando su mochila escolar.

—Diego, ¿qué haces aquí? —preguntó Sofía.

Él miró alrededor con vergüenza, como si el puesto de verduras fuera una mancha sobre su apellido.

—Vengo a decirte algo. Ya no puedo seguir con esto.

—¿Con qué?

Valeria dio un paso al frente.

—Con esta vida mediocre, Sofía. Diego está a punto de cerrar una inversión importante para su empresa. Necesita una esposa que pueda acompañarlo, no una mujer que huela a cilantro.

Sofía sintió que la cara le ardía. Miró a Diego, esperando que él corrigiera aquella crueldad.

Pero él no lo hizo.

—Valeria va a invertir veinte millones en mi compañía —dijo Diego—. Pero hay una condición. Tengo que divorciarme de ti.

Camila abrió los ojos.

—Papá…

—Tú no te metas —respondió Diego, sin mirarla.

Sofía dejó lentamente una bolsa de papas sobre la mesa.

—¿Me estás dejando en medio del mercado?

—No lo hagas dramático. Firma los papeles y todo será más fácil. La casa está a mi nombre, el coche también. Puedes llevarte tu ropa. Nada más.

—Durante diez años pagué comida, deudas, luz, colegiatura, medicina para tu madre…