Una clienta con bolso de diseñador se impacientó.
—Atiéndame a mí primero. No tengo todo el día para esperar a que revisen tarjetas falsas.
La ejecutiva tomó la tarjeta con desprecio, pero al pasarla por el lector su rostro cambió. Luego llamó al gerente. El gerente llegó corriendo, pálido.
—Señora Mendoza, perdone la espera. Su cuenta está activa y verificada. Saldo disponible: cien millones de pesos. Además, hay instrucciones especiales del Grupo Altavista para que usted reciba atención prioritaria.
La clienta del bolso dejó de sonreír.
La ejecutiva bajó la mirada.
Sofía guardó la tarjeta con calma.
—No necesito que se arrodillen. Solo necesito que aprendan a no medir a la gente por sus zapatos.
Cuando salió del banco, Alejandro la esperaba junto al auto negro.
—Mañana será presentada oficialmente como presidenta del Grupo Altavista —le informó—. Habrá empresarios, socios, periodistas y posibles aliados.
Sofía miró sus manos, todavía ásperas por cargar cajas de verduras.
—No sé si pueda hacer esto.
Alejandro sonrió levemente.
—Su tío decía que los negocios se aprenden. La dignidad, no. Y usted la tiene de sobra.
El día de la presentación, Diego llegó al edificio del Grupo Altavista con Valeria del brazo. Quería conseguir una inversión para su empresa. Cuando vio a Sofía en el vestíbulo, se acercó furioso.
—¿Qué haces aquí? ¿Me estás siguiendo?
Valeria rio.
—Tal vez vino a pedir trabajo de limpieza.
Sofía respiró hondo.