—Vine por asuntos propios.
—Tus asuntos no pertenecen a este lugar —dijo Diego—. Aquí se sientan personas importantes.
Antes de que Sofía respondiera, un guardia intentó detenerla. Alejandro apareció de inmediato.
—Retiren la mano de la señora Mendoza.
—¿Señora Mendoza? —repitió Valeria—. Por favor, si es una vendedora de verduras.
Alejandro miró a los presentes.
—La señora Sofía Mendoza es la nueva presidenta del Grupo Altavista.
El silencio cayó como vidrio roto.
Diego parpadeó.
—Eso es imposible.
En el salón principal, frente a todos los empresarios de la ciudad, Alejandro leyó el testamento. Las pantallas mostraron el nombre de Sofía como accionista mayoritaria. La firma legal. Los documentos de herencia. La transferencia completa.
Los murmullos crecieron.
Diego se puso de pie.
—Esto es una mentira. Ella no sabe dirigir una empresa. Ella vendía verduras.
Sofía tomó el micrófono. Sus manos temblaban, pero su voz no.
—Sí. Vendí verduras durante años. Aprendí a levantarme de madrugada, a negociar con proveedores, a escuchar a clientes, a cuidar cada peso, a no desperdiciar nada. Si eso les parece poco, entonces quizá ustedes nunca han entendido lo que significa trabajar de verdad.
Nadie se atrevió a reír.
Valeria intentó acercarse a un socio importante, pero Alejandro intervino.
—Por órdenes de la presidenta Mendoza, Grupo Altavista no invertirá en empresas vinculadas a engaños, deudas ocultas o violencia familiar.
Diego sintió que el piso se abría.
—Sofía, espera. Podemos hablar.
Ella lo miró con una calma que le dolió más que cualquier grito.
—Hablaste cuando creías que yo no valía nada. Ahora solo estás escuchando el precio de tu desprecio.
Pero la prueba más dura llegó días después, cuando Sofía fue con Camila a elegir una casa en un fraccionamiento de lujo en Santa Fe. Quería que su hija viviera cerca de una buena escuela. La niña iba feliz, con una libreta donde había dibujado su “cuarto soñado” lleno de osos de peluche.
En la entrada, un guardia les cerró el paso.
—Este lugar no es para visitas curiosas.
—Tengo cita con la directora de ventas —respondió Sofía.
El guardia miró su ropa sencilla.
—Seguro se equivocó.
Dentro de la sala de ventas, una agente llamada Patricia las miró con desprecio.
—Señora, estos inmuebles cuestan más de cincuenta millones. No hacemos recorridos para gente que solo quiere tomarse fotos.
Camila apretó la mano de su madre.
—Mi mamá puede comprar una casa.
Patricia se inclinó hacia ella con falsa dulzura.