—Ay, niña, qué imaginación.
Un niño bien vestido, hijo de otro cliente, empujó a Camila de un sofá.
—Ese asiento no es para pobres.
Camila cayó al piso. Sofía corrió hacia ella.
—¡Pídele perdón!
La madre del niño se acercó indignada.
—Mi hijo no le pide perdón a cualquiera.
Sofía abrazó a Camila, sintiendo cómo todo el dolor de su vida se convertía en una fuerza firme.
—No vine a comprar una casa para presumir. Vine a darle a mi hija un lugar donde nadie la humille.
Patricia cruzó los brazos.
—Entonces cómprelas todas, si tanto puede.
Sofía sacó su teléfono y llamó a Alejandro.
—Compra el desarrollo completo.
La sala se llenó de risas.
Diez minutos después, los teléfonos comenzaron a sonar. Correos, llamadas, mensajes urgentes. El propietario mayoritario había vendido. Un fondo ligado al Grupo Altavista había adquirido el control del proyecto entero.
Patricia se quedó blanca.
Alejandro entró al salón con documentos firmados.
—Felicidades, señora Mendoza. Ahora usted controla el desarrollo. Puede decidir quién trabaja aquí y bajo qué valores.
Sofía miró a Patricia, a los guardias, a la madre arrogante y al niño que ya no se reía.
—Nadie será echado por pobre. Pero quien humille a otros no representará este lugar.
Patricia fue despedida. La madre del niño tuvo que disculparse. El niño, con lágrimas de rabia y vergüenza, pidió perdón a Camila. Sofía no celebró su caída. Solo tomó la mano de su hija y le dijo:
—Recuerda esto, mi amor. Tener dinero no te hace más grande. Tratar bien a los demás sí.
Semanas después, Diego apareció en la oficina de Sofía. Venía sin Valeria. La empresa de él había perdido socios, prestigio y crédito. Sus ojos estaban hinchados de no dormir.
—Sofía, fui un idiota —dijo—. Perdóname. Volvamos a intentarlo. Camila necesita a sus padres juntos.
Sofía cerró una carpeta y lo miró.
—Camila necesita respeto, no una familia fingida.