La grabación mostraba a Carmen entrando al cuarto de Emiliano mientras yo estaba en el hospital por una infección después del parto.
La fecha coincidía.
Ella llevaba la mantita en brazos.
La abrió.
Guardó los documentos dentro.
Y dijo algo mirando directamente a la cámara de seguridad del pasillo:
—Aquí nadie buscará jamás.
Sentí náuseas.
Alejandro se pasó una mano por el rostro.
—Instalé esas cámaras porque mi mamá empezó a comportarse raro después de que nació Emiliano.
Giré lentamente hacia él.
—¿Y nunca me contaste nada?
Sus ojos se llenaron de culpa.
—Tenía miedo de destruir a mi familia.
Lo miré fijamente.
—Tu familia ya estaba destruida.
El silencio cayó pesado entre los dos.
Entonces sonó mi celular.
Número desconocido.
Contesté.
Y una voz femenina habló del otro lado.
Suave.
Nerviosa.
—¿Valeria? Soy Lucía Serrano.
Miré a Alejandro.
Él palideció.
—Necesitas salir de esa casa ahora mismo —susurró Lucía—. Carmen sabe que encontraste la manta.
Mi corazón dejó de latir por un segundo.
—¿Cómo lo sabes?
Lucía respiró agitadamente.
Y dijo algo que hizo que la sangre se me congelara:
—Porque ella acaba de venir a verme… y dijo que si no recupera esos documentos, alguien va a terminar muerto.