Mis manos temblaban al insertar la microSD en la laptop.
Alejandro permanecía de pie detrás de mí.
Silencioso.
Tenso.
Abrí la carpeta principal.
Solo había tres archivos de video.
El primero tenía una fecha de hacía siete meses.
Lo reproduje.
La imagen mostraba el despacho de Carmen.
Reconocí el lugar enseguida.
Ella estaba hablando con un hombre de traje.
La cámara parecía oculta.
El audio tenía interferencias… pero una frase se escuchó perfectamente:
—Lucía jamás debe aparecer en los papeles de la herencia.
Sentí un escalofrío.
El hombre respondió:
—Necesitaré más dinero para modificar los registros.
Carmen deslizó un sobre sobre el escritorio.
Dinero.
Mucho dinero.
El segundo video fue peor.
Era Alejandro discutiendo con su madre.
—No pienso seguir ocultándolo —decía él.
—¡Entonces perderás todo! —gritó Carmen—. ¡La casa, la empresa, todo!
—Es su derecho.
—Esa mujer y su hija destruyeron mi matrimonio.
Entonces entendí.
Lucía no había hecho nada.
Era hija de la amante de su padre.
Y Carmen llevaba años castigándola por existir.
El tercer video…
Nunca voy a olvidar el tercer video.