Alejandro agarró las llaves inmediatamente.
—Nos vamos.
Pero antes de que pudiéramos movernos…
Golpes secos resonaron en la puerta.
Tres.
Lentos.
Firmes.
Mi cuerpo entero se tensó.
Luego escuchamos la voz de Carmen desde el otro lado.
—Sé que encontraste la manta.
Emiliano comenzó a llorar en su habitación.
El miedo me atravesó el pecho.
Alejandro se acercó a la puerta.
—Mamá, vete.
—Solo quiero hablar.
Pero su tono no sonaba tranquilo.
Sonaba desesperado.
Y las personas desesperadas hacen cosas peligrosas.
Lucía seguía en la línea telefónica.
—No le abras —susurró—. Está fuera de control.
Entonces escuchamos otro ruido.
Metal.
Como si Carmen hubiera dejado algo caer contra la pared.
Alejandro abrió apenas la mirilla.
Retrocedió inmediatamente.
Pálido.
—Trajo una palanca.
Sentí que las piernas me fallaban.
Carmen golpeó la puerta otra vez.
Más fuerte.
—¡Esos documentos no les pertenecen!