—Tú debes ser Mariana.
Me sorprendió que supiera mi nombre. Tenía una mirada dulce, pero no ingenua.
—Rodrigo me dijo que casi no convivías con la familia —comentó—. Que hubo… diferencias.
Ahí estaba otra vez la palabra suave para cubrir lo imperdonable.
—Hubo más que diferencias —respondí—. Pero no quiero arruinarte la noche.
Fernanda me miró con atención, como si esa frase le hubiera abierto una puerta.
Antes de que pudiera decir algo más, Rodrigo me vio. Su sonrisa se quebró medio segundo. Caminó rápido hacia mí, sin dejar de fingir alegría para los demás.
—No pensé que fueras a venir —dijo entre dientes.
—Me invitaron.
—Mamá te invitó. No es lo mismo.
—Siempre te gustó que otros hicieran el trabajo incómodo por ti.
Su mandíbula se tensó.
—No empieces, Mariana. Fernanda no necesita drama.
—Entonces tal vez debiste contarle la verdad antes de casarte con ella.
Se puso pálido. Ahí entendí todo. No le había contado nada. O peor: le había contado su versión.
Al día siguiente, la ceremonia fue perfecta. Sillas blancas frente al lago, flores, violines, invitados grabando con el celular. Me senté hasta atrás porque mi nombre no aparecía en ningún lugar reservado para la familia.
La recepción fue en un salón con ventanales enormes. Cuando busqué mi mesa, tampoco estaba en el acomodo. Ni López, ni familiares, ni invitados especiales.
Mi mamá apareció con una copa de vino blanco.
—Ay, Mariana, seguro fue un error.
—¿Se les volvió a olvidar que existo o esta vez sí fue intencional?
Su sonrisa desapareció.
—No es el momento.
Esa frase me persiguió toda la vida. Nunca era el momento. Nunca era el lugar. Nunca era el tono. Para personas como ella, el dolor siempre debía hablarse después, en privado, donde nadie importante pudiera escuchar.
Mi papá llegó detrás.
—Te ves bien —dijo.