En el instante exacto en que sus ojos se cruzaron, la copa de cristal resbaló de los dedos de Alejandro y se hizo añicos contra el piso de mármol. El sonido de los cristales rotos resonó en el silencio total.
El rostro del hombre perdió todo el color, volviéndose más pálido que la cera. Sus labios comenzaron a temblar sin control. Parpadeó 1, 2, 3 veces, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies, incapaz de asimilar que la “basura” maloliente que había dejado llorando entre las cenizas de un viejo asador fuera la misma deidad implacable que ahora desfilaba frente a las personas más ricas y poderosas del país.
—¿Sofía? —balbució Alejandro, tropezando con sus propios pies cuando ella se detuvo en el centro de la pista—. ¿Qué… cómo… qué haces aquí?
Impulsado por el pánico, intentó dar un paso hacia ella, quizás con la absurda idea de agarrarla del brazo y sacarla a escondidas antes de que estallara el escándalo. Pero antes de que pudiera siquiera acercarse, 4 imponentes guardias de seguridad con trajes oscuros se interpusieron en su camino, obligándolo a retroceder de un empujón.
Sofía lo ignoró por completo, subió elegantemente las escaleras del escenario principal y le arrebató el micrófono de las manos al maestro de ceremonias. En ese mismo instante, todos los miembros del Consejo de Administración, incluido el influyente padre de Valentina, se pusieron de pie al unísono y le ofrecieron una profunda y respetuosa reverencia a la mujer.
—Muy buenas noches a todos —comenzó Sofía, y su voz resonó por los altavoces, fría, potente y sin el más mínimo atisbo de duda—. He venido esta noche no solo a celebrar los impresionantes logros financieros de Grupo Garza, sino también a limpiar nuestra prestigiosa empresa de parásitos y víboras que creen tener el derecho de pisotear la dignidad de los demás solo porque se les otorgó inmerecidamente un cargo importante.
Lentamente, Sofía giró el rostro y apuntó con su mirada a Alejandro, quien ya estaba sudando frío, sintiendo el peso aplastante de cientos de ojos juzgándolo.
—Señor Alejandro Mendoza —declaró ella, pronunciando su nombre y apellido para que resonara en cada rincón—. Usted afirma y celebra que esta noche marca su glorioso ascenso a la Vicepresidencia. Pero en su infinita arrogancia, olvidó 1 pequeñísimo detalle: en este imperio, soy yo quien decide quién sube a la cima… y soy yo quien decide quién cae de rodillas al suelo.
El salón entero quedó sumergido en un silencio sepulcral, tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
—Esta misma noche, no solo revoco públicamente su promoción. A partir de este preciso segundo, usted queda despedido de Grupo Garza con efecto inmediato y deshonroso. Y para que lo tenga muy claro, mis abogados ya han iniciado formalmente el proceso de divorcio. Con todas las pruebas documentadas de maltrato emocional, humillación y su cínico intento de beneficiarse de nuestros bienes compartidos, me voy a encargar personalmente, usando todo el poder de esta empresa, de que usted no reciba ni 1 solo peso. Se irá exactamente como llegó a mi vida: siendo nada.
Con un gesto elegante de su mano, Sofía hizo una señal. De inmediato, su agresivo equipo jurídico y el jefe de seguridad corporativa avanzaron hacia el centro de la pista.