—Saquen a este hombre de mi vista —ordenó Sofía sin titubear, con la voz llena de veneno—. Él ya no es parte de este lugar. A partir de ahora, tiene estrictamente prohibido el acceso a cualquier sucursal, edificio o empresa asociada a este corporativo en todo el territorio nacional.
Las piernas de Alejandro no resistieron más. Cayó pesadamente de rodillas sobre los restos de cristal de su propia copa. Su arrogancia, su orgullo y su ego se desintegraron en una fracción de segundo.
—¡Sofía, por lo que más quieras, no me hagas esto! ¡Te lo suplico, perdóname! ¡Yo no sabía quién eras! ¡Te juro que no lo sabía! —gritó, con la voz quebrada por el terror y la desesperación, estirando las manos hacia ella como un mendigo pidiendo piedad.
Pero sus súplicas llegaron demasiado tarde. Los mismos ojos que horas antes la habían mirado con asco y desprecio absoluto, ahora rebosaban de un miedo animal.
Valentina, la mujer con la que pretendía lucirse, dio varios pasos hacia atrás, mirándolo con evidente repulsión. El padre de la joven ni siquiera se dignó a dirigirle 1 mirada a Alejandro; tenía la mandíbula apretada, enfurecido por haber sido vinculado a semejante humillación pública. Los demás invitados, que minutos antes hacían fila para felicitarlo, ahora murmuraban entre ellos, señalándolo, viéndolo como lo que realmente era: un fracasado, un hombre destruido.
Alejandro lloró. Lloró a lágrima viva en el centro de aquel majestuoso salón, frente a las cámaras de los medios, los grandes empresarios y los políticos cuya aprobación él había anhelado obsesivamente durante años.
Y mientras el personal de seguridad lo agarraba por los brazos y lo arrastraba por la fuerza hacia la salida, llevándose con él los últimos pedazos de su dignidad, Sofía ni siquiera se molestó en mirarlo 1 sola vez más.
Porque el mismo fuego destructivo que él había utilizado con tanta crueldad para quemar el sencillo vestido de su esposa… fue exactamente el mismo fuego que terminó devorando por completo su futuro, su carrera y su vida.
Esa noche, Sofía Garza no solo renació majestuosamente de entre las cenizas. Esa noche, recuperó la pesada corona que siempre le había pertenecido por derecho de sangre.
Y a él lo dejó en el lugar exacto en el que él mismo la quiso dejar horas antes: completamente solo, repudiado, arrastrado por el lodo de su propia humillación… y con las manos totalmente vacías.