PARTE 1
L Sofía llevaba 7 años casada con Alejandro. Durante esos 7 largos años de matrimonio en una modesta casa en las afueras de la Ciudad de México, ella había sido el pilar absoluto que sostuvo los sueños y la carrera de su esposo. Para pagar sus estudios universitarios y sus diplomados, Sofía mantenía 2 empleos agotadores. Por las mañanas trabajaba en una maquiladora y por las noches vendía tamales y atole en la esquina de su colonia, privándose de cualquier lujo, de cualquier descanso, todo para que Alejandro pudiera aprobar sus exámenes profesionales y lograr entrar a Grupo Garza, uno de los conglomerados empresariales más imponentes y multimillonarios de todo México.l
Esa noche específica, la ocasión era monumental. El corporativo, con sede en los relucientes rascacielos de Santa Fe, iba a celebrar por todo lo alto la promoción de Alejandro como el nuevo Vicepresidente de Operaciones. Era el triunfo por el que ambos habían sacrificado tanto. Para estar a la altura de las circunstancias, Sofía había ahorrado en secreto durante 3 meses enteros, guardando cada peso sobrante del gasto diario en un frasco debajo de la cama. Con ese dinero, se compró un vestido azul marino, sencillo pero sumamente elegante. Soñaba con caminar del brazo de su esposo, entrar a ese lujoso salón y sentir en su pecho el inmenso orgullo de ver al hombre que ella misma había ayudado a levantar desde la nada.
Faltaba apenas 1 hora para que tuvieran que salir hacia la gala. Sofía estaba en su pequeña habitación, a punto de peinarse, cuando de repente un olor acre y sofocante a humo comenzó a filtrarse desde el patio trasero. Un nudo frío le apretó el estómago. Corrió desesperada por el pasillo, atravesó la cocina y abrió la puerta trasera de golpe.
L Lo que vio la dejó paralizada.
Alejandro ya estaba impecablemente vestido con un esmoquin a la medida que costaba una fortuna. Estaba de pie frente al viejo asador de carne de la familia, sosteniendo una botella de alcohol sólido en la mano. Y ahí, justo sobre las brasas ardientes del carbón, el hermoso vestido azul de Sofía estaba siendo devorado por las llamas.
—¡Alejandro! ¿Qué estás haciendo? —gritó la mujer con la voz desgarrada, lanzándose hacia adelante en un intento inútil por rescatar la tela que ya se convertía en cenizas humeantes.
Él ni siquiera se inmutó. Con un movimiento brusco y violento de su brazo, la empujó hacia atrás, haciéndola tropezar con el cemento del patio.
—Ni te molestes en salvar esa porquería, Sofía —pronunció Alejandro, con una frialdad tan cortante que le congeló la sangre—. Al fin y al cabo, eso es exactamente lo que eres tú también: simple basura.
—P-pero… ¿por qué quemaste mi vestido? ¿Cómo se supone que voy a ir contigo a la fiesta ahora? —preguntó ella, con el rostro empapado en lágrimas, incapaz de procesar la crueldad que estaba presenciando.
Alejandro la miró de pies a cabeza. En sus ojos ya no quedaba rastro del joven estudiante que ella había apoyado; solo había un desprecio absoluto que le atravesó el alma como un cuchillo.
—Precisamente por eso lo hice. Para asegurarme de que no vayas. Mírate al espejo, Sofía. Hueles a cebolla, a comal y a jabón barato. Tienes las manos agrietadas y pareces una empleada doméstica. ¡Mírate y mírame! Ahora soy el Vicepresidente de Grupo Garza. Esta noche voy a estar rodeado de directores ejecutivos, políticos, millonarios y de las familias más influyentes de todo el país. Me das vergüenza. Ya no perteneces a mi mundo, no encajas en él.
—¡Alejandro! —sollozó ella, ahogándose en una mezcla de rabia e impotencia—. ¡Fui yo quien te ayudó a llegar a esa silla! ¡Fui yo quien te dio de comer cuando no tenías ni 1 centavo en los bolsillos!
Él esbozó una sonrisa torcida, cargada de una arrogancia repugnante.