PARTE 1
L El silencio en el inmenso comedor de la mansión ubicada en Lomas de Chapultepec era tan pesado que casi podía cortarse con un cuchillo de plata. Fernando Santillán, el patriarca de la familia, se puso de pie frente a 50 invitados en plena comida del Día del Padre. No lo hizo en privado. No tuvo la decencia de esperar a que se sirviera el postre. Se levantó en la cabecera de 1 mesa@ gigantesca, rodeado de socios comerciales, periodistas de negocios, tíos, primos y empleados de alto nivel, quienes observaban la escena como si estuvieran presenciando el retrato de 1 familia perfecta.
L—Estoy profundamente orgulloso de todos mis hijos —pronunció Fernando con esa inconfundible voz de empresario arrogante, el tipo de hombre que cree que el mundo entero le debe pleitesía—. Bueno, de todos menos de la fracasada que está sentada al fondo.
Al principio, la tensión congeló a los presentes. Nadie sabía si era 1 broma pesada o si debían reír. Luego, Iván, de 35 años, soltó 1 carcajada sonora, levantó su copa de cristal y aplaudió con entusiasmo, como si acabaran de brindar por el funeral de su propia hermana.
—Ya era hora de que lo dijeras, papá —bromeó Iván.
A su lado, Graciela, la madrastra, ocultó 1 sonrisa perversa detrás de su copa de vino tinto. Renata, la media hermana de 27 años, bajó la mirada hacia su plato de porcelana, prefiriendo el silencio cómplice antes que defender a su sangre. Y allí estaba Mariana Santillán, de 32 años, maestra de primaria en 1 escuela pública de Iztapalapa. En ese instante exacto, Mariana sintió que 27 años de humillaciones, desprecios y burlas le caían encima como 1 bloque de cemento.
Pero Mariana no lloró.@
Eso era exactamente lo que todos ellos querían. Deseaban que saliera corriendo por los pasillos de mármol italiano, que hiciera 1 escena dramática, que confirmara delante de 50 espectadores que ella era la hija hipersensible, la eslabón débil, la pieza incómoda que jamás había logrado encajar en el prestigioso y frívolo molde de la dinastía Santillán. En lugar de darles ese gusto, Mariana respiró profundo, se levantó de su silla, caminó con paso firme hasta la cabecera donde estaba su padre y colocó 1 sobrio sobre blanco directamente sobre su plato.
—Para ti, papá. Feliz Día del Padre —dijo ella, con 1 voz tan serena que desconcertó a la mesa entera.
Fernando miró el papel con evidente burla, arqueando 1 ceja.
—¿Qué es esto? ¿Otra de tus cartitas sentimentales que no sirven para nada?
—Ábrela cuando tengas el valor suficiente —respondió Mariana.