Parte 3 — Los hombres de la sierra
Esperanza sintió que el cuerpo se le helaba.
Instintivamente puso ambas manos sobre el vientre.
Los pasos se acercaron despacio hasta detenerse frente a la puerta rota.
Eran dos hombres.
Altos.
Rostros curtidos por el sol.
Uno llevaba sombrero negro; el otro, una vieja chamarra de mezclilla y una cicatriz que le cruzaba la ceja.
No parecían policías.
Pero tampoco ladrones comunes.
El hombre del sombrero habló primero.
—No venimos a hacerle daño.
Esperanza no respondió.
Aprendió hace mucho que los hombres peligrosos siempre empiezan diciendo eso.
El otro miró alrededor de la casa y luego el hueco detrás de la pared.
—Mi abuelo escondió ese dinero.
Ella apretó la carta entre los dedos.
—Entonces ustedes lo estaban vigilando.
El hombre asintió.
—Durante años.
Entraron lentamente.
No con violencia.
Con algo peor.
Con confianza.
El del sombrero observó la caja vacía.
—La mayoría habría huido con todo en cuanto encontrara eso.
Esperanza levantó el mentón.
—Todavía no sé qué había ahí exactamente.
El hombre soltó una risa breve.
—Claro que sí.
Y tenía razón.
Aunque no conociera la cantidad exacta, sabía perfectamente que aquel dinero podía cambiar una vida.
O destruirla.
El hombre de la cicatriz tomó una silla rota y se sentó frente a ella.
—Mi abuelo era Julián Arriaga.
El nombre de las cartas.
Esperanza sintió un escalofrío.
—Antes de morir nos contó la historia. Dijo que escondió dinero para proteger a varias familias durante la guerra. Pero nunca pudo volver porque lo perseguían.
—¿Y por qué esperaron tanto?
Los hombres intercambiaron una mirada incómoda.