Finalmente el del sombrero respondió:
—Porque no todo ese dinero era limpio.
El silencio cayó pesado entre ellos.
—Había oro robado. Sobornos. Dinero de hombres peligrosos. Parte pertenecía a familias inocentes… pero otra parte fue manchada con sangre.
Esperanza miró la caja vacía.
Ahora entendía el arma.
Ahora entendía el miedo escondido entre las cartas.
—¿Dónde está el dinero? —preguntó ella.
El hombre de la cicatriz señaló lentamente hacia el techo.
Esperanza levantó la mirada confundida.
Entonces escuchó un crujido.
Algo cayó dentro de la chimenea de adobe.
Una pequeña bolsa de tela.
La abrió.
Dentro había únicamente unas cuantas monedas antiguas… y un papel doblado.
Lo leyó lentamente.
“Si encontraste esto, significa que elegiste no robar primero.”
Debajo aparecía una dirección.
Un banco en Zacatecas.
Y un número de caja de seguridad.
Los hombres la observaron atentamente.
—Mi abuelo preparó pruebas —dijo el del sombrero—. Quería asegurarse de que quien encontrara el verdadero tesoro fuera alguien decente.
Esperanza frunció el ceño.
—¿Y ustedes cómo saben eso?
El hombre sonrió apenas.
—Porque llevamos días observándola.
Eso debería haberla asustado.
Pero curiosamente no lo hizo.
Porque por primera vez desde que Ramón murió…
alguien veía algo en ella además de miseria.
El hombre de la cicatriz se levantó.
—La caja de seguridad está a nombre del último descendiente vivo de Julián Arriaga.
Esperanza bajó lentamente la mirada hacia su vientre.
Y entonces comprendió.
Ramón.