Esperanza soltó una risa triste.
—Mi corazón tiene hambre, padre.
Eso hizo sonreír apenas al sacerdote.
Pero después se puso serio.
—Entonces escucha más profundo.
Ella bajó la mirada.
—Si entrego ese dinero, quizá nunca vuelva a tener otra oportunidad así.
—Y si te lo quedas completo —preguntó él—, ¿podrás dormir tranquila?
La pregunta le dolió porque ya sabía la respuesta.
No.
—
Esa misma tarde volvió a la casa.
Pero alguien había entrado.
La puerta estaba abierta.
Las cosas revueltas.
El cuadro tirado en el suelo.
Y las huellas de botas marcadas sobre el polvo.
El corazón comenzó a latirle con violencia.
Corrió hacia el escondite.
La caja seguía allí.
Pero abierta.
Y vacía.
Excepto por una sola carta.
Temblando, la tomó entre las manos.
La letra era reciente.
No antigua.
Y decía solamente:
“Sabíamos que alguien encontraría esto tarde o temprano.”
Entonces escuchó pasos afuera.
Lentos.
Pesados.
Y una voz masculina atravesó el silencio de la montaña.
—Ahora necesitamos hablar, señora.