Miró alrededor.
Solo silencio.
Solo montaña.
Solo ella.
Volvió a abrir la caja con más cuidado.
Los sobres tenían fechas.
Dentro encontró cartas escritas a mano con tinta ya deslavada por el tiempo.
La primera comenzaba así:
“Si alguien encuentra esto, significa que no sobrevivimos.”
Esperanza tragó saliva.
Siguió leyendo.
Las cartas hablaban de una familia escondida en la sierra durante la Guerra Cristera. Un hombre llamado Julián Arriaga había ocultado allí el dinero de varias familias del pueblo para evitar que soldados y bandidos se lo llevaran.
Pero nunca volvió por él.
La última carta estaba firmada por una mujer.
“Si Dios permite que alguien encuentre esto algún día, úselo para vivir. No para destruir.”
Esperanza miró otra vez los billetes.
Había más dinero del que había visto junto en toda su vida.
Suficiente para irse.
Suficiente para empezar de nuevo.
Suficiente para que su hija jamás pasara hambre.
Y sin embargo…
algo le revolvía el alma.
Porque ese dinero no era realmente suyo.
—
Esa noche no durmió.
El viento golpeaba la casa mientras ella permanecía sentada junto a la caja metálica con la lámpara de petróleo encendida.
Pensó en Ramón.
Él siempre decía lo mismo cuando alguien encontraba dinero perdido en el mercado:
—La pobreza no te da permiso de perder la vergüenza.
Esperanza cerró los ojos con fuerza.
—¿Y qué hago ahora? —susurró.
Como si él pudiera responderle desde algún rincón del cielo.
A la mañana siguiente bajó al pueblo.
Tres horas caminando cerro abajo con el cuerpo agotado y la cabeza llena de dudas.
Entró primero a la iglesia.
El padre Benito escuchó todo sin interrumpirla.
Cuando terminó, el anciano sacerdote permaneció callado largo rato.
Luego preguntó suavemente:
—¿Qué dice tu corazón?