En esas páginas amarillentas, Elena confesaba 1 secreto guardado bajo llave: Fernando Santillán no era el padre biológico de Mariana. Antes de ser obligada a casarse con el magnate, Elena había amado profundamente a Andrés Beltrán, 1 humilde pero dulce maestro rural de Oaxaca. Trágicamente, Andrés había perdido la vida en 1 deslave 2 meses antes de la boda que ambos planeaban en secreto. Poco después de la tragedia, Elena descubrió que estaba embarazada. El abuelo materno de Mariana, aterrorizado por el escándalo social que esto representaría, forjó 1 acuerdo frío y calculador con Fernando: este se casaría con Elena, adoptaría legalmente a la niña y, como pago, recibiría los derechos absolutos sobre unos inmensos terrenos familiares en la zona de Santa Fe. Esos mismos terrenos fueron la piedra angular sobre la que Fernando construyó su gigantesco imperio inmobiliario.
“Él prometió criarte como a su propia hija”, había escrito Elena con caligrafía temblorosa, “pero desde el primer día, solo te miró como el alto precio que tuvo que pagar por su fortuna”.
Junto a la carta, reposaba el acta de adopción original con la firma de Fernando, acompañada de 1 copia notariada del antiguo convenio de cesión de los terrenos de Santa Fe. Al leerlo, Mariana lloró, pero no de dolor, sino de liberación. Por primera vez en 32 años comprendió que el rechazo no era su culpa. No había sido 1 hija defectuosa; simplemente, Fernando jamás quiso ser su padre.
Para tener pruebas irrefutables, Mariana había recurrido a Daniel, 1 colega de su escuela en Iztapalapa. Sigilosamente, durante 1 de las tensas cenas familiares, ella logró tomar un par de cabellos del saco de Fernando. Envió las muestras a 1 laboratorio certificado y esperó la verdad científica. El resultado llegó 14 días después, confirmando lo inevitable: la probabilidad de paternidad era de 0.00%. Mariana había reído y llorado sola en su salón de clases vacío. Todos sus esfuerzos infantiles por ganar el amor de ese hombre mediante calificaciones perfectas y obediencia ciega habían sido en vano; la puerta de su corazón estuvo cerrada con candado desde antes de que ella naciera.
Buscando respuestas finales, acudió con don Ernesto Valdés, 1 abogado de 76 años que había manejado los asuntos de su difunta madre. En su polvoriento despacho en Coyoacán, el anciano suspiró pesadamente, aliviado de soltar un secreto que le quemaba el pecho. Le reveló a Mariana la pieza más cruel del rompecabezas: la noche en que Elena murió en aquel accidente automovilístico, no iba sola de paseo. Estaba huyendo hacia Querétaro con Mariana y su tía Lucía. Fernando le había advertido que enviaría a la niña de 5 años a 1 internado remoto en Canadá para no tener que verla caminar por su casa nunca más. Elena había muerto intentando salvarla. Ese fue el golpe definitivo que forjó el escudo de acero en el corazón de Mariana.
Por eso, aquel Día del Padre, el insulto público de Fernando no la destruyó. Solo reconfirmó la clase de monstruo que era. En el sobre blanco que Mariana dejó sobre la mesa de Lomas de Chapultepec, había metido la prueba de ADN con el 0.00% resaltado, el acta de adopción secreta, el convenio de los codiciados terrenos de Santa Fe y 1 nota breve y lapidaria escrita por ella misma: “Ya sé que no soy tu hija biológica. Ya sé que me adoptaste solo por 1 negocio inmobiliario. No quiero ni 1 peso de tu herencia. No quiero cargar con tu apellido como si fuera 1 cadena. Solo quería que frente a todos supieras que ya no voy a seguir mendigando amor en donde solo hubo avaricia y desprecio”.