Mi familia se fue de vacaciones a Cancún mientras yo enterraba a mi hijo de 12 años… y cuando regresaron, ya no tenían casa. Sin aviso. Sin regreso.

—Estás exagerando. Tú puedes con esto. Siempre puedes.

Me colgó. Antes de que yo pudiera respirar, Verónica llamó.

—Mamá me contó que estás haciendo drama —dijo, sin saludar—. Mira, siento lo de Mateo, pero no vamos a cancelar nada.

—Era tu sobrino.

—Y su muerte es tu problema, no el mío. Estoy embarazada, Angélica. Esta puede ser mi última oportunidad de descansar antes del bebé.

Sentí que una puerta se cerraba dentro de mí.

—No vuelvas a decir su nombre.

—No me amenaces. Si tú quieres hundirte, húndete sola. Yo no voy a arruinar mi felicidad porque tu hijo murió.

Colgué sin despedirme. Esa noche no grité. No rompí nada. Solo me senté en la recámara de Mateo, rodeada de sus trofeos, su guante de béisbol y sus cuadernos, y entendí algo terrible: yo no había perdido a mi familia ese día. La había visto por primera vez.

El funeral de Mateo fue un jueves por la mañana. Solana me acompañó. También fue su maestra, la señora Moreno, que manejó más de una hora con los ojos rojos y una carta escrita por sus compañeros de clase. El ataúd de mi hijo fue colocado junto al de Joaquín. Mientras el sacerdote hablaba de reunirse en el cielo, yo pensaba en Cancún. En mi madre poniéndose bloqueador. En mi padre ordenando mariscos. En Verónica sonriendo con la mano sobre su embarazo mientras mi niño bajaba a la tierra.

Después del entierro, Solana quiso quedarse conmigo.

—No deberías estar sola.

—No estoy sola —le dije—. Estoy despierta.

Fui directo al departamento que Joaquín me había dejado. Verónica y Rubén vivían ahí gratis desde hacía años. Abrí con mi llave y empecé a empacar. Ropa, zapatos, platos, fotos, adornos baratos, documentos, todo. No rompí nada. No grité. Fui ordenada, exacta, fría. Contraté una mudanza y pagué extra para que llevaran todo a la casa de mis padres. Usé la llave de emergencia que ellos mismos me habían dado y pedí que dejaran las cajas en medio de la sala, una sobre otra, como el altar de su descaro.

Después llamé a un cerrajero.

—¿Quiere cambiar solo la chapa?

—Todo —dije—. Quiero que ninguna llave vieja vuelva a servir.