La mujer que quería controlarlo todo, prisionera en un cuerpo, no le obedecía. Un final digno de Shakespeare. Me quedé en silencio. Y la otra, Katy Soler. Pregunté por pura curiosidad. Se fue a Londres con un protegido de su padre. Destrozada, dicen, pero viva. Su hermana pequeña, Sofía, vive en Málaga. Tuvo a su bebé y trabaja como diseñadora gráfica. Le va muy bien. Por cierto, te manda un abrazo muy fuerte. Sonreí. Sofía. Mi aliada, inesperada, había salido adelante. Me alegraba por ella. Gracias, Víctor por todo y por venir a contármelo. Estaba en deuda contigo y me alegra verte así en Pats. Esa misma noche cuando Lucas ya estaba en la cama, se lo conté todo a Pablo. Estábamos sentados en el sofá con una copa de vino. Él escuchó con semblante, serio. ¿Y tú estás en paz? Preguntó al final. Lo pensé. Miré a mi alrededor, la estantería llena de libros de derecho y de juguetes, el sonido de la respiración tranquila de Lucas por el vigilabés. Este hombre tranquilo y fiable a mi lado. Si dije, y era verdad, el odio se ha consumido. Solo quedan cenizas, pero ya no queman. Solo estoy yo, Mila, la madre de Lucas, la abogada. Pablo dejó su copa sobre la mesa y respiró hondo, como si se preparara para saltar por un acantilado.
Mila, llevamos viviendo así dos años en esto que no tiene nombre. No soy el tío de Lucas, pero estoy aquí. No me echaste, no me fui. Y ya no quiero ser solo el tío Pablo, ni el amigo, ni el arquitecto, ni el vecino que se quedó. El corazón me dio un vuelco lento y pesado. ¿Y qué quieres ser Pablo? Le pregunté en un susurro. Él me cogió la mano. Sus dedos largos de delineante rodearon los míos. Quiero ser el hombre con el que tomas café por las mañanas, el que se preocupa cuando te quedas hasta tarde en el despacho, el que le ayudará a Lucas con los deberes dentro de unos años. Quiero ser tu pareja si tú quieres que lo sea. No hubo grandes discursos ni promesas imposibles, solo una propuesta clara y firme como él. Le miré a los ojos. En ellos no vi la pasión destructiva de Arturo. Vi calma, lealtad, vi un hogar. Y después de todo aquel huracán, eso era lo único que yo anhelaba, un puerto seguro, no un salvavidas. Sino un compañero de viaje. Yo también te quiero, Pablo dije. Y las palabras salieron fácilmente, sin peso, como si llevaran tiempo esperando. Pero tendrá que ser despacio. Tengo muchas cicatrices. Tengo todo el tiempo del mundo sonrió y fue la sonrisa más bonita y menos dramática que había visto en mi vida. Nos besamos.
Fue un beso tranquilo, un principio, no un clímax. 6 meses después, la vida había tejido nuestra nueva normalidad. Pablo se mudó oficialmente. Su firma estaba en la hipoteca junto a la mía. Lucas, de forma natural, le llamaba papá. Yo acababa de ganar un caso importante, protegiendo a una mujer y a sus hijos de un manipulador idéntico a Arturo. Cada victoria en los tribunales era un exorcismo. Y entonces, una mañana de primavera, recibí un correo electrónico de una dirección desconocida. El asunto, por favor, léelo con un mal presentimiento. Lo abrí. Mila, sé que no tienes ningún motivo para leer esto ni para perdonarme. Y no te par, pido perdón. Te escribo porque he tocado fondo, lo he perdido todo. El trabajo, el dinero, la casa, la salud de mi madre y lo he perdido yo solo por mis decisiones, mis mentiras, mi bajeza. Ver tu foto en una revista de derecho hablando de ayudar a otras personas fue el último golpe. Tú has construido algo a partir de las ruinas que yo creé. Yo, en cambio, solo he ido sembrando ruinas. No quiero nada de ti ni de Lucas. Solo quería decirte que ahora sé que tú eras la víctima y yo el verdugo. Y que desde esta miseria en la que me he convertido te deseo paz. Esa misma paz que yo te robé. Adiós, Arturo. Lo leí una vez, luego lo cerré. No respondí. No había nada que decir. Aquello no. Era un cierre. Porque el cierre yo ya lo había conseguido por mi cuenta. Era solo un eco. El último sonido de un mundo que ya no existía. Aquella tarde salí del despacho un poco antes. Fui a los jardines del Turia.
Pablo estaba allí con Lucas, ayudándole a bajar por el tobogán. Lucas me vio y gritó, “¡Mamá!” Echó a correr hacia mí, tambaleándose, con los brazos abiertos. Lo levanté en brazos, lo abracé fuerte, aspirando su olor a niño, a sol, a futuro. Pablo se acercó y me puso una mano en la espalda. “¿Todo bien?”, preguntó leyendo algo en mi cara. Miré a Lucas. Que se aferraba a mi cuello. Miré a Pablo con su infinita paciencia. Miré el parque, la vida que seguía fluyendo a nuestro alrededor. Si dije, y esta vez la sonrisa nació desde lo más profundo. Amplia, auténtica, ligera. Todo está bien. Por primera vez en mi vida, todo está bien. Vamos a casa y nos fuimos los tres juntos sin mirar atrás. Caminando hacia la luz, hacia la atrás, vida que contra todo pronóstico habíamos construido y que por fin era solo y nuestra Yeah.