Me detuve por las náuseas del embarazo, mi esposo me abandonó en la carretera y mi suegra tiró mi equipaje en la gasolinera, esa noche me ordenaron volver a cocinar… respondí una sola frase — y todos callaron.

El trayecto fue una mancha borrosa de luces, voces tranquilas que me hacían preguntas y un dolor que aumentaba mientras los intervalos se acortaban. Parto prematuro, urgencia 30 y dos semanas. Las palabras flotaban a mi alrededor. En el hospital materno infantil Gregorio Marañón, todo ocurrió a la velocidad del rayo. Una matrona con cara de ángel y manos firmes me exploró. Estás muy dilatada. No podemos pararlo. Va a nacer ya. Su pareja, preguntó mirando a Pablo que me cogía la mano. No soy un amigo. El padre no está disponible. No importa, quédese con ella, le necesita. Me llevaron a la sala de partos. Las luces me cegaban. El dolor era una bestia viva que me destrozaba por dentro. Me aferraba a la mano de Pablo, gritaba, maldecía, suplicaba. Él no me soltó la mano. Me hablaba, me secaba el sudor de la frente, me decía que yo era muy fuerte, que lo estaba haciendo muy bien. No pueden hacer ahora. Lloraba yo en un momento de lucidez entre contracciones. Es demasiado pronto. Los neonatólogos están preparados. Mila me dijo la matrona. Cuidarán de él. Tú concéntrate en empujar.

No recuerdo mucho del parto, solo un esfuerzo titánico, la sensación de que me estaban desgarrando y luego un llanto débil, agudo, como el maullido de Catito, un sonido diminuto y maravilloso. Es un niño dijo alguien. Lo vi por un segundo. Un bultito rojo y arrugado, cubierto de esa sustancia blanquecina, con los ojos cerrados. Tan pequeño, demasiado pequeño. Un neonatólogo se lo llevó corriendo a una incubadora que ya estaba lista. ¿Está bien? Pregunté con voz rota. Es un luchador, fue la única respuesta. Luego el ajetreo a mi alrededor continuó. Pablo seguía a mi lado, pálido, pero firme. “Le llamaré Lucas”, dije de pronto, sin saber por qué. El nombre simplemente apareció. Pablo asintió con lágrimas en los ojos. La relativa calma después del parto no duró mucho. Se acercó una médica con expresión grave. Señora Navarro, su hijo está estable, pero es muy prematuro. Necesita una operación, una pequeña intervención en los pulmones. Necesitamos su autorización. Sí, sí, lo que haga falta, dije. Exhausta, firme aquí. Y lo ideal por protocolo sería la firma del Padre también. En casos de gran prematuridad y riesgo, Pablo y yo nos miramos. No, eso es imposible, dije. Podría contactar con él. Es importante. No me quedó más remedio.

Di el número de Arturo. La doctora salió y a los 10 minutos regresó. Su cara lo decía todo. He hablado con el señor Romero y con su madre que estaba con él. Se niegan a firmar la autorización. Dicen que dudan de la paternidad, dados los antecedentes de conducta de la madre y exigen primero una prueba de ADN, que sin eso no firmarán nada. El frío que se apoderó de mí no fue por el estado postparto, era el frío de la maldad absoluta. Mi hijo, el hijo de ambos, luchaba por su vida y ellos lo estaban utilizando como arma, como su última venganza. Pablo se levantó con puños apretados. Eso es asesinato. Llamen a la policía. No es ilegal, dijo la médica con compasión. Es una bajeza, pero no es ilegal. El consentimiento de la madre es suficiente si está consciente, pero dado su estado de agotamiento y la medicación, el comité de ética preferiría las dos firmas. Intentaremos buscar a otro familiar. No tengo a nadie más, susurré. Mi familia estaba en el sur, muy lejos. No llegarían a tiempo. Pablo se inclinó sobre mí. Sus ojos, siempre tan tranquilos, ardían con una determinación feroz. Firma tú, Mila, eres su madre. Tienes la patria potestad exclusiva provisional.

Tú decides y si alguien dice una palabra en contra, que hable conmigo y con mi abogada. Su seguridad me dio fuerzas. Asintió con las lágrimas de rabia corriendo por mis mejillas. Firmé el consentimiento con mano, temblorosa. Firmé por mi hijo contra ellos. Hágalo le dije a la médica. Salve a mi hijo. Las siguientes horas fueron las más largas de mi vida. Tumbada en una cama de planta con una vía puesta y dolorida, no podía bajar a la unidad de cuidados intensivos neonatales. Usin Pablo iba y venía trayéndome noticias. Es pequeño, pero fuerte. Le han puesto un tubo para ayudarle a respirar. Los médicos dicen que tiene buenas posibilidades. Lucha, Lucas. Él estaba luchando.

A la mañana siguiente, Irene irrumpió en la habitación como un vendaval. Traía un ramo de flores y una carpeta con documentos. Me contaron lo de la negativa a firmar. Me pasé toda la noche con el juez de guardia”, dijo arrojando una copia y pusellada sobre mi cama. Esto es una orden judicial. Te otorga la patria potestadusiva y de urgencia sobre Lucas y suspende los derechos de Arturo Romero hasta nueva orden por conducta negligente y maliciosa que pone en peligro la vida del menor. A efectos legales, ahora no es nadie. Y esto, añadió con su sonrisa de lobo, es una denuncia por abandono familiar en situación de riesgo grave. Se la han entregado esta mañana en su nueva oficina porque de la antigua le desauciaron. Miré los papeles. Solo eran tinta y sellos, pero eran mi espada y mi escudo. Gracias, Irene, no me des las gracias. Es mi trabajo y un inmenso placer. Se sentó. ¿Y tú qué tal estás? Hecha polvo, pero más furiosa que nunca. Miré hacia la ventana en la dirección donde suponía que estaba Lausín. No puedo quedarme aquí, Irene, en Madrid, donde cada calle me recuerda a ellos, donde pueden intentar hacernos algo. Ella asintió comprensiva. Es lógico. Ah, ¿dónde quieres ir? Lejos, a Valencia, quizá.