Elena tropezó hacia atrás, libre al fin, y se sostuvo del vidrio con el corazón golpeándole las costillas.
Sebastián se retorció en el aire, pateando, desesperado, con el rostro volviéndose rojo oscuro mientras las manos de Emiliano no temblaban ni un milímetro.
Emiliano acercó su rostro al suyo.
—Escúchame bien —murmuró con una calma helada—. Si vuelves a tocarla, no voy a usar mis manos la próxima vez. Voy a hacer que te saquen de esta ciudad tan despacio que vas a rogar por no despertar.
Lo soltó con un movimiento seco.
Sebastián salió disparado hacia atrás y se estrelló contra el directorio del centro comercial. Cayó al piso tosiendo, sin orgullo, sin aire, sin elegancia.
Emiliano ni siquiera volvió a mirarlo.
Su expresión cambió por completo cuando giró hacia Elena.
La brutalidad se apagó. No desapareció, pero quedó guardada en algún rincón profundo.
—¿Estás herida?
La voz que salió de él ahora era otra: grave, protectora, extrañamente cuidadosa.
Elena apenas podía respirar.
—Yo… no… —balbuceó, apretándose la muñeca—. ¿Quién es usted?
Emiliano hizo una media sonrisa mínima.
—Alguien a quien no le gustan los abusivos.
Luego miró el café regado en el piso.
—Y alguien que cree que mereces un café nuevo.
Elena aceptó sentarse con él en una cafetería discreta del mismo centro comercial porque las piernas no le respondían y porque, por absurda que pareciera la idea, junto a aquel hombre peligroso se sentía más segura que junto a casi cualquier otra persona.
Emiliano no la presionó.
La dejó temblar. La dejó respirar. Le acercó una taza de té de manzanilla y esperó.
Leo se quedó a unos metros, vigilando discretamente.
—Te va a destruir —dijo Elena al fin, mirando el humo del té—. No está fanfarroneando. Su familia tiene media ciudad metida en contratos. Puede hundir el despacho donde trabajo si quiere.
Emiliano apoyó los codos sobre la mesa.
—Los hombres como Sebastián hacen mucho ruido porque nacieron creyendo que el dinero de sus padres los vuelve dioses. En esta ciudad, eso funciona… hasta que se topan con alguien que no les vende miedo.
Elena lo observó con cautela.
—¿Quién es usted en realidad?
—Un empresario —dijo él con una calma tan elegante como falsa—. Y en este momento, mi negocio eres tú llegando viva a casa.