La dejó en su edificio aquella tarde en un sedán blindado. No subió. No la tocó. Solo le dijo, antes de que entrara:
—El lunes no vas a ir sola a trabajar.
Elena pensó que hablaba por cortesía.
Hasta que llegó el lunes.
Arturo Benavides, socio principal del despacho, la llamó a la sala de juntas con el rostro cenizo. Cuando Elena entró, sintió que el mundo volvía a inclinarse bajo sus pies.
Sebastián estaba sentado en la cabecera de la mesa con dos abogados a los lados.
Sonreía.
—Buenos días, Elena —dijo con una dulzura venenosa—. Vine a darte una oportunidad. Sterling Desarrollos va a retirar tres contratos millonarios si tú sigues empleada aquí. Arturo lo entiende. Espero que tú también.
Arturo no podía ni verla a los ojos.
—Lo siento mucho…
Elena sintió la humillación subirle como ácido por la garganta.
—Eres un monstruo —le dijo a Sebastián.
Él sonrió más.
—Soy un hombre de negocios.
En ese instante, las puertas de cristal se abrieron.
Una voz profunda cortó la habitación.
—Interesante definición. Bastante mediocre, pero interesante.
Sebastián palideció.
Emiliano Montemayor entró a la sala como si le perteneciera. Traía un traje negro de tres piezas y detrás de él venía Leo con un portafolio de cuero.
Arturo se puso pálido de inmediato.
—Señor Montemayor…
—Seguridad no será necesaria —dijo Emiliano sin dejar de mirar a Elena.
Se acercó a ella y le apoyó una mano cálida en el hombro. Un gesto simple. Absoluto.
Sebastián recuperó un poco de voz.
—No tienes ningún poder aquí.
Emiliano soltó una sonrisa fría.
—Eso crees.