La sujetó frente a todos en el lugar más exclusivo… como si nadie pudiera detenerlo.
Hasta que un hombre se quitó los anillos y caminó hacia él.
Una sola frase… cambió todo.
Elena Zavala llevaba exactamente ocho meses, tres semanas y cuatro días repitiéndose la misma frase cada mañana:
Ya estoy a salvo.
Se la decía al despertar en su pequeño departamento de la Narvarte. Se la decía camino a su nueva oficina en la Roma. Se la decía cada vez que lograba dormir una noche completa sin brincar de la cama empapada en sudor, creyendo oír otra vez los pasos de su exmarido detrás de la puerta.
Y aquel sábado por la tarde, mientras caminaba por los pasillos relucientes de Antara Polanco con un latte helado en la mano, también quiso creérsela.
Tenía motivos.
Había conseguido trabajo como arquitecta junior en un despacho boutique. Había ganado su primera comisión propia: una pequeña casa de descanso en Valle de Bravo, modesta pero enteramente suya. Y por primera vez en años, se permitió un gesto de celebración: entrar al centro comercial más caro de la ciudad para comprarse una bolsa bonita, aunque solo fuera para recordarse que su vida ya no era una ruina.
Se detuvo frente al escaparate de Dior, observando una vitrina impecable. El mármol brillante, la música suave, los aromas costosos, todo parecía lejano de la mujer que una vez fue humillada, vigilada y golpeada detrás de puertas cerradas.
Entonces lo olió.
Un perfume pesado y familiar, demasiado caro, demasiado agresivo, invadió su espacio antes de que pudiera oír la voz.
Y su cuerpo reaccionó antes que su mente.
El estómago se le hundió. La nuca se le erizó. Los dedos se le apretaron alrededor del vaso de café hasta casi deformarlo.
—Siempre tuviste gusto por lo caro —dijo una voz aterciopelada y cruel a su espalda—. Lástima que nunca pudiste pagarlo sin mi tarjeta.
Elena se quedó helada.
Se giró lentamente, ya sabiendo a quién iba a encontrar.