Después el sello familiar.
Luego la pieza de obsidiana negra.
Se quitó también el reloj y se lo entregó a Leo.
—Un hombre que entra a una pelea con joyas es un hombre que no planea terminarla bien —dijo con voz tranquila.
Bajó por las escaleras sin prisa.
Y el pasillo pareció abrirse a su paso.
Abajo, Sebastián ya estaba jalando a Elena hacia el elevador cuando una voz profunda, serena y pesada cayó sobre el aire como una puerta de acero.
—Suéltala.
Parte 2 …

Sebastián se detuvo y se giró, irritado.
Elena alzó la vista entre lágrimas contenidas.
Y lo vio.
Alto. De traje negro. Impecable. Quieto de una forma extraña, casi peligrosa. No gritaba. No amenazaba. Pero llevaba la violencia controlada de quien no necesita demostrar nada.
—¿Y tú quién demonios eres? —escupió Sebastián.
Emiliano no respondió de inmediato. Miró primero la mano de Sebastián cerrada sobre la muñeca de Elena. Luego sus ojos.
—Te di una instrucción simple.
Sebastián soltó una carcajada incrédula.
—Esta es una conversación privada. Lárgate.
—Exesposa —corrigió Emiliano, sin emoción—. Y no parece una conversación.
—¿Tienes idea de quién soy? Soy Sebastián Alcázar. Si me tocas, te hundo.
Emiliano dio un solo paso.
—No me impresiona tu apellido.
—Es mi mujer —gruñó Sebastián, jalando a Elena con más fuerza.
Ella soltó un gemido ahogado.
Y eso fue todo.
Sebastián no vio moverse a Emiliano. Solo sintió una mano enorme cerrarse sobre su garganta y, en un instante, sus pies despegaron del suelo.