Ella se sentó en el asiento equivocado del avión, pero la persona a su lado resultó ser un millonario y se enamoró.

—Tengo un departamento vacío en San Pedro. Puede quedarse ahí unos días hasta estabilizarse.

Catalina abrió los ojos horrorizada.

—No soy esa clase de mujer.

Adrián soltó una carcajada suave.

—Y yo no soy esa clase de hombre.

El silencio entre ambos duró unos segundos.

Finalmente ella aceptó.

Porque estaba cansada.
Asustada.
Y sinceramente… no tenía a nadie más.

El departamento era más grande que cualquier lugar donde hubiera vivido.

Catalina casi no durmió esa noche.

No por lujo.

Por miedo.

Porque cuando la vida golpea demasiado tiempo, la bondad empieza a parecer una trampa.

Pero Adrián jamás cruzó un límite.

Ni una insinuación.
Ni una presión.
Ni una mirada incómoda.

Solo aparecía algunos días con comida para Mateo o preguntando si necesitaba algo.

Y poco a poco… Catalina comenzó a bajar la guardia.

Hasta que una tarde encontró accidentalmente un artículo sobre él.

“Adrián Castillo evita eventos públicos desde la muerte de su esposa e hijo hace tres años.”

Catalina sintió el pecho encogerse.

Ahora entendía la tristeza en sus ojos.

Y entendía por qué había mirado a Mateo como si estuviera viendo algo que creyó perdido para siempre.