PARTE 2
L Catalina no supo qué decir mientras la azafata imprimía el nuevo boleto.
Primera clase.l
Para ella.
Para Mateo.
Miró al hombre con desconcierto.
—No puedo aceptar esto…
Él sonrió apenas mientras guardaba la tarjeta.
—Ya lo aceptó.
La frase no sonó arrogante.
Sonó tranquila.
Como si ayudar fuera algo natural para él.
Catalina se acomodó nerviosamente en el amplio asiento junto a la ventana. Mateo dejó de llorar casi al instante, fascinado con las luces del techo.
—Gracias… señor…
—Adrián Castillo.