Pero el asunto no terminó ahí.
Unas semanas después, la familia Montes decidió cambiar a Isabella de escuela. Le prohibieron acercarse a la antigua reja. Le prohibieron mencionar a Mateo. Le prohibieron llevar comida extra en la mochila.
Para los adultos, aquello era solo un asunto pequeño.
Pero para Mateo, fue la primera vez en su vida que perdió a la única persona que lo hacía sentir que todavía merecía vivir.
Y entonces, un día, Mateo dejó de aparecer.
Antes de desaparecer, esperó a Isabella frente a la entrada lateral de su nueva escuela durante tres horas. Cuando la niña salió, él corrió hacia ella, respirando con dificultad, con una cinta azul aún atada en la muñeca, la misma que Isabella había usado una vez para sujetar su lonchera.
—Me tengo que ir —dijo Mateo.
—¿A dónde?
—Una familia de Monterrey me va a adoptar. Dicen que podré ir a la escuela.
Isabella se quedó paralizada.
Mateo intentó sonreír, pero tenía los ojos rojos.
—Cuando sea grande, volveré por ti.
Isabella rompió en llanto.
—¿Me lo prometes?
Mateo asintió.
—Te lo prometo. Cuando pueda estar frente a ti y ya no sea el niño hambriento de la reja… volveré.
Isabella se quitó una pequeña pulsera de plata y la puso en su mano.
—Entonces quédate con esto. Para que no me olvides.
Mateo apretó la pulsera con fuerza.
Los dos niños se abrazaron por última vez en una pequeña calle de Guadalajara.
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Y luego Mateo se fue.
Pasaron veinticinco años