Parte 2 Un niño sin hogar se paraba todos….

Desde aquel día, Isabella compartió su almuerzo con Mateo todos los días.

A veces era media torta de jamón.
A veces, una concha dulce.
A veces, una cajita de leche.
A veces, unos trozos de fruta que su madre le preparaba.

Mateo no tenía padres a su lado. Dormía cerca del mercado San Juan de Dios y, de vez en cuando, ayudaba a cargar mercancía a cambio de unas cuantas monedas. Algunos días lo corrían. Otros, lo golpeaban porque sospechaban que había robado algo. Pero al mediodía, siempre volvía a pararse frente a la reja de la escuela Santa Catalina.

No solo por hambre.

Sino porque allí había alguien que todavía se acordaba de él.

Isabella no sabía que lo que hacía la metería en problemas.

Un día, el guardia la descubrió.

Un padre de familia la vio.

El rumor se extendió por toda la escuela: la señorita Montes estaba “haciéndose amiga de un niño de la calle”.

Sus compañeros se burlaron de ella.
La maestra llamó a su madre.
Su padre se enfureció porque pensó que su hija estaba avergonzando a la familia.

—Tú no entiendes, Isabella —dijo su padre con frialdad—. Los niños como él se aprovechan de la bondad de los demás.

Pero Isabella solo bajó la cabeza y respondió:

—Si yo tuviera hambre, también esperaría que alguien me diera de comer.

Aquella frase dejó la habitación en silencio.