Verónica soltó una risa amarga.
—¿Te volviste loca? Nuestras cosas están tiradas en casa de mis papás. No podemos entrar al departamento.
—Ya no es tu departamento.
—Vivimos ahí.
—Vivían. Gratis. Por generosidad mía y de Joaquín. Ese favor terminó.
Rubén intentó sonar tranquilo.
—Angélica, entendemos que estás dolida, pero no puedes echarnos así. Hay leyes.
—Perfecto. Hablen con un abogado. El departamento está a mi nombre. Ustedes no tienen contrato, no pagan renta y se fueron de vacaciones mientras yo enterraba a mi hijo.
Mi madre se llevó la mano al pecho.
—No uses eso para castigarnos. Somos tu familia.
Por primera vez en meses me reí, pero no había alegría en mi risa.
—¿Familia? Mi familia estaba en el cementerio. Joaquín bajo la tierra. Mateo a su lado. Solana sosteniéndome para que no cayera. La maestra de mi hijo llorando por él. Ustedes estaban brindando frente al mar.
Mi papá habló bajito.
—Hija, cometimos un error, pero no tienes que destruirnos.
—No los estoy destruyendo. Solo dejé de mantenerlos.
Entonces mi mamá mostró el verdadero motivo de su visita.
—No puedes quitarnos la ayuda económica. Dependemos de eso.
—Tenían dinero para Cancún.
—Ese viaje ya estaba pagado.
—Y el ataúd de mi hijo también.
Nadie respondió.
Verónica apretó los dientes.
—Todo esto es porque estoy embarazada. Te da rabia que yo vaya a tener un bebé y tú ya no tengas al tuyo.
Rubén levantó la cabeza, horrorizado.
—Verónica…
Pero ella no se detuvo.
—Estás amargada. Mateo murió y ahora quieres que todos suframos contigo.
Sentí que algo helado me cruzó el pecho. No fue dolor. Fue límite.
—Fuera de mi casa.
—Angélica, ella no quiso decir eso —dijo mi madre.
—Sí lo quiso decir. Y ustedes la están defendiendo. Fuera.
—Te vas a arrepentir —escupió Verónica—. Voy a contarle a todos lo cruel que eres.
—Cuenta lo que quieras. Yo tengo capturas.