—Licenciado Rodrigo Salvatierra —dije cuando respondió—. Hay alguien en mi sala afirmando que vendió mi casa.
El silencio del otro lado fue corto. Pero frío.
—No los deje salir.
Camila me miró por primera vez sin sonrisa.
Rodrigo pidió altavoz.
—La residencia está bajo el Fideicomiso Familiar Montenegro. La señora es beneficiaria vitalicia. Nadie puede vender sin autorización del fiduciario. Y el fiduciario soy yo.
Camila parpadeó.
—Eso no es lo que dicen los documentos.
—Entonces son falsos —respondió Rodrigo—. Y eso es delito federal.
La palabra delito se quedó flotando en el aire.
Alejandro levantó la cabeza.
—Camila… ¿qué hiciste?
Ella lo miró sin dulzura.
—Hice lo que tú no pudiste. Tu madre controla todo. El dinero. Las decisiones. Incluso a ti. Yo nos estoy liberando.
—¿Robando? —susurró él.
En ese momento volvió a sonar el timbre.
Miré la cámara.
Un sedán negro. Dos hombres con portapapeles.
—Venimos a la inspección preliminar —dijeron por el intercomunicador—. Nos indicaron que hoy entrega la propiedad.
Camila casi susurró, triunfante:
—¿Ve? Es real.
Y entonces entendí algo peor.
No solo había falsificado papeles.
Había preparado testigos.
Había preparado presión.
Había preparado un desalojo público.
Y mientras la miraba… comprendí otra cosa.
Esa ambición no nació ayer.
Eso llevaba meses planeándose.
No abrí la puerta.