Lo leí dos veces.
No por duda, sino porque necesitaba memorizar la mentira exacta.
Luego llegó otro.
“Voy hacia el hospital por si acaso.”
Alan maldijo en voz baja.
—Tenemos que moverla.
—No puedes trasladarla así.
—No oficialmente —respondió él—. Pero puedo cambiarla de habitación y registrarla bajo protocolo de protección.
Yo lo miré.
—¿Por qué sabes hacer eso tan rápido?
Alan no respondió enseguida.
Y en ese silencio comprendí que él sabía más de lo que había dicho.
—Alan.
Él apretó la mandíbula.
—Hace seis meses Emily vino a verme.
Sentí un peso caer dentro de mí.
—¿A verte? ¿Por qué?
—Dijo que se había caído por las escaleras. Pero tú y yo sabemos cómo suenan esas frases.
Cerré los ojos.
Recordé una cena, tres meses atrás, cuando Emily llevaba mangas largas en pleno verano.
Yo le pregunté si tenía frío.
Ella sonrió y dijo que el aire acondicionado de Daniel estaba siempre demasiado fuerte.
Yo le creí porque quise creerle.
Esa fue la primera verdad que me cortó por dentro:
yo no había sido engañado únicamente por Daniel. También me había protegido a mí mismo.
—¿Por qué no me llamaste? —pregunté, aunque ya temía la respuesta.
Alan bajó la mirada.
—Porque ella me lo prohibió. Dijo que, si tú te enterabas, todo empeoraría.
La rabia buscó un lugar donde caer.
Quiso caer sobre Alan, sobre Daniel, sobre el hospital entero.
Pero no tenía derecho.
No todavía.
—¿Y lo de la espalda? —dije—. Ese mensaje decía “él también te mintió”. ¿Quién es “él”?
Alan tragó saliva.