Reí una vez, sin humor.
—No arregles esto con frases bonitas.
Alan aceptó el golpe.
—Habías cambiado, Richard. Después de perder al bebé, te enterraste en el hospital. Claire se quedó sola.
El bebé.
Una herida que nunca nombrábamos porque nombrarla era volver a perderlo.
Emily tenía cinco años entonces.
Claire había quedado embarazada otra vez. Lo perdimos antes de conocer su rostro.
Yo volví al quirófano al tercer día.
Me dije que era fortaleza. Quizás solo era cobardía con bata blanca.
—Claire no quería destruirte —dijo Alan—. Quería hablar contigo, pero no sabía cómo.
—¿Y tú eras su confidente?
Alan bajó la cabeza.
—Sí.
Esa palabra me dolió más que una confesión mayor.
—¿Eran amantes?
Emily lloró más fuerte.
Alan negó despacio.
—No. Nunca. Pero Daniel encontró cartas incompletas y decidió contar otra historia.
La detective Morales intervino.
—¿Y qué tiene esto que ver con la agresión a Emily?
Emily habló antes que nadie.
—Daniel quería dinero.
Miré a mi hija.
—¿Dinero?
—Dijo que si tú me habías mentido sobre mamá, también me mentías sobre todo lo demás. Sobre el fideicomiso.
El fideicomiso de Claire.
Una cuenta que yo había protegido para Emily desde que su madre se fue.
No era una fortuna absurda, pero sí suficiente para cambiar una vida.
Suficiente para atraer a alguien como Daniel.
—Él quería que firmara —dijo Emily—. Una transferencia. Acceso completo.
—¿Y tú no firmaste?
Ella negó.
—Entonces me mostró las fotos. Dijo que destruiría tu recuerdo de mamá. Que haría creer que Alan…
No pudo terminar.