—Te escuché.
Él aún no sabía que cada palabra que diría a continuación lo hundiría para siempre.
Parte 2 …

El silencio fue absoluto.
No el silencio incómodo de una mesa elegante.
No el silencio de quienes no saben qué decir.
Fue el silencio de un hombre que acaba de entender que ya no controla la historia.
—¿Escuchaste qué? —intentó, y por primera vez su voz no sonó segura. Sonó pequeña.
Lo miré sin pestañear. No había lágrimas. No había rabia visible. Solo una claridad que a él le resultaba desconocida.
—Te escuché decir que me dejarías cuando recibieras los doscientos millones de pesos.
Y escuché a Lucía decir que está embarazada.
Las palabras no salieron con furia. Salieron limpias. Exactas. Como un acta.
Vi cómo su mente corría buscando una salida.
Primero la negación.
Luego la confusión fingida.
Después la vieja estrategia: hacerme dudar.
—Estás malinterpretando… eso no fue así… tú sabes cómo son las conversaciones…
Intentó tocar mi brazo.
Retiré mi mano con una serenidad que lo descolocó más que cualquier grito.
Mariana intervino con una voz firme, apenas elevada, como quien coloca una pieza definitiva en el tablero.
—Existe preservación de evidencia digital. Conversaciones, correos y registros están respaldados conforme a derecho. Le conviene no borrar absolutamente nada.
Mi esposo palideció. No por culpa moral.
Por cálculo.