La sujetó frente a todos en el lugar más exclusivo… como si nadie pudiera detenerlo.

Llegaba con café. Le preguntaba si había dormido. La escuchaba hablar de voladizos, cargas y luz natural como si fueran secretos sagrados. Y cuando ella temblaba todavía al oír un perfume demasiado parecido o unos pasos detrás de sí, él no la apresuraba.

Solo se quedaba.

Seis meses después, el gran salón del Four Seasons de Ciudad de México brillaba bajo las lámparas de cristal durante la gala anual de arquitectura.

Elena estaba de pie cerca de la fuente de champaña con un vestido verde esmeralda, la espalda recta y una calma nueva en la mirada. Sobre su brazo colgaba una bolsa tejida de piel, regalo silencioso de Emiliano el día que ella firmó sus primeros planos como directora.

Aquella noche había recibido el premio al proyecto urbano más innovador del año.

Y cuando dijeron su nombre, nadie pensó en Sebastián Alcázar.

Pensaron en ella.

Sintió una mano cálida apoyarse en la parte baja de su espalda.

No se tensó.

Se inclinó un poco hacia ese contacto.

Emiliano estaba a su lado con un esmoquin azul medianoche y esa forma suya de parecer peligroso incluso bajo una lámpara de gala. Los anillos habían vuelto a sus dedos. Pero Elena ya sabía que, si alguna vez volvía a quitárselos, no sería por vanidad.

—Te ves impresionante, arquitecta —murmuró él junto a su oído.

Elena sonrió y apoyó la cabeza apenas en su hombro.

—Gracias. Por todo.

Emiliano besó con suavidad su sien.

—Apenas estamos poniendo los cimientos.

Ella levantó la mirada hacia él.

En los ojos del hombre más temido de la ciudad ya no había sombra ni amenaza para ella.w

Solo devoción.w

Y por primera vez en mucho, muchísimo tiempo, xfarElena comprendió que la mejor venganza no había sido ver caer a Sebastián.

Había sido reconstruirse.

Volver a dormir sin miedo.

Firmar su propio nombre.

Y descubrir que, incluso después del infierno, todavía era posible levantar algo hermoso sobre las ruinas.w

Algo fuerte.w

Algo suyo.

Algo parecido al amor.