—Siéntate, Margarita.
Su cara perdió todo color.
Santiago levantó la vista.
—¿Margarita?
Y ahí empezó a caer la máscara.
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PARTE 3
Mariana retrocedió como si mi mesa se hubiera convertido en un tribunal.
—No sé de qué hablas.
Puse frente a Santiago las copias: actas de matrimonios anteriores, cambio de nombre, fechas, fotos de David y el resultado de ADN.
—Ella se llamaba Margarita Winters. Estaba embarazada cuando conoció a David. Desapareció y, semanas después, conoció a tu hijo.
Santiago se quedó blanco.
—Tomás nació 3 semanas antes…
—No nació antes —dije con cuidado—. Nació justo a tiempo. Solo que no en tu calendario.
Mariana golpeó la mesa.
—¡Tú siempre me odiaste! ¡Siempre quisiste separarnos!
Por primera vez en años, mi hijo no miró a su esposa buscando permiso. Me miró a mí.
—Mamá, ¿David está aquí?
Respiré hondo.
—Está en el coche. Solo entrará si tú quieres.
Santiago cerró los ojos. Una lágrima le bajó por la mejilla.
—Quiero escucharlo.
David entró minutos después. No gritó. No reclamó. Solo miró hacia la sala donde Tomás jugaba con Emma y se le quebró el rostro.
—No vine a robarle a nadie —dijo—. Vine porque mi hijo merece una verdad que no lo destruya.
Santiago apretó los papeles.
—Yo lo crié. Yo le enseñé a caminar. Yo le curé la cicatriz del mentón cuando cayó de la bici.
—Eso nadie se lo quita —respondió David—. Ser padre no es solo ADN.
Ese fue el tercer giro: David no venía a quitar. Venía a sumar la verdad que Mariana había robado.
Mariana intentó correr hacia la sala, pero Santiago se interpuso.
—No vas a usar a los niños para escapar otra vez.
Ella cambió de tono.
—Santi, amor, escucha. Yo tenía miedo. David iba a quitarme al bebé.
David negó con la cabeza.