Ahí estaba Evaristo con la hoja B. Se le veía escribir algo con un plumón negro. Después se agachó, sacó de debajo de la mesa una caja plateada con moño rojo y la escondió detrás de un cartón vacío.
Lupita dejó escapar un sonido pequeñito, como si le hubieran quitado el aire.
La grabación siguió. Minutos después, un hombre de chamarra gris entró por la puerta trasera. Evaristo miró alrededor y le entregó la caja.
Doña Teresa se llevó una mano al pecho.
—Ese hombre… es tu cuñado, Evaristo.
Nadie habló. Rodrigo pausó la imagen justo cuando el moño rojo brillaba bajo la luz amarilla del salón.
—Llama a tu cuñado —dijo.
—Fue un error —balbuceó Evaristo.
—Un error es equivocarse de mesa. No tachar el nombre de una niña y sacar su regalo por la puerta de atrás.
—No entienden —dijo Evaristo, ya sin fingir amabilidad—. Hay familias que siempre piden, siempre se apuntan, siempre esperan que otros les resuelvan la vida.
Lupita se encogió. Rodrigo sintió que la sangre le hervía, pero habló despacio.
—No vuelvas a hablar de su familia frente a ella.
En ese momento se abrió la puerta principal del centro. Entró un hombre con botas de trabajo, chamarra vieja y el rostro cansado por una jornada larga. Venía con las manos rojas del frío.
—¿Lupita?
La niña corrió hacia él.
—¡Papá!
Tomás Cruz se hincó y la abrazó fuerte.
—Perdóname, mija. En la bodega no me dejaron salir antes. ¿Ya tienes tu regalo?
Lupita no contestó. Esa pausa le dijo todo. Tomás se puso de pie lentamente. Su mirada fue de las mesas vacías a Rodrigo, luego a Evaristo.
—¿Qué le hicieron a mi hija?
Rodrigo habló con respeto.
—Su nombre estaba registrado. Alguien lo tachó y entregó su regalo a otra persona.
Tomás apretó la mandíbula.
—¿Por qué?
Evaristo no respondió.
Afuera se escucharon llantas sobre la grava. Un coche se detuvo. El cuñado de Evaristo entró avergonzado con la caja plateada entre los brazos. El moño rojo estaba flojo, pero seguía entero.
Lupita la miró como si no creyera que pudiera volver. Rodrigo tomó la caja y se agachó frente a ella.
—Esto siempre fue tuyo.
Lupita miró primero a su papá. Tomás asintió. Entonces ella recibió la caja con ambas manos y la abrazó contra su pecho.
Por primera vez en toda la noche, nadie le pidió que esperara. Nadie le dijo que estaba equivocada. Nadie tachó su nombre.
Parte 3
Pero Rodrigo sabía que devolver la caja no bastaba. La vergüenza que una niña carga en silencio no se arregla con papel brillante.
Doña Teresa, con voz firme, le pidió a Evaristo que dejara el programa de inmediato mientras se revisaba todo formalmente. Él intentó protestar.
—¿Me van a destruir por un juguete?
Tomás, sin gritar, respondió:
—No fue un juguete. Fue mi hija.
Evaristo bajó la mirada y salió del centro sin que nadie lo siguiera.
En el salón, doña Amalia ayudó a Lupita a abrir la caja. Dentro estaba la muñeca, el suéter, los colores y el cuento. La niña tocó cada cosa con cuidado, como si confirmara que por fin le pertenecían.
—Está bonita —susurró.
Tomás sonrió con los ojos húmedos.