Pero en ese instante sonó mi teléfono.
Número desconocido.
Contesté sin pensar.
Una voz femenina habló al otro lado, suave y serena.
—Doctor Hale, por fin sabe una parte.
Morales me hizo una seña para ponerlo en altavoz.
Obedecí.
—¿Quién es? —pregunté.
—Alguien que perdió todo porque ustedes decidieron proteger sus nombres.
Alan se apoyó en la cama.
—Nina —dijo.
La mujer rió despacio.
—Hola, Alan. Sigues sonando culpable. Eso me alegra.
Yo apreté el teléfono.
—¿Dónde está Daniel?
—Daniel es un cobarde. Los cobardes siempre corren cuando la verdad deja de servirles.
—¿Qué quieres?
Hubo un silencio breve.
—Quiero que el gran Richard Hale elija. La verdad completa o la hija que todavía puede proteger.
Emily me miró con terror.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
—Daniel tiene una copia del expediente. Va camino a entregarla a la prensa con su versión.
Morales murmuró algo al agente.
Nina continuó:
—Dirá que Emily enloqueció al descubrir que su padre ocultó un romance, un encubrimiento y una m*erte lenta.
La palabra censurada no necesitó estar completa para destrozarme.
—Eso es mentira —dije.
—Parte sí. Parte no. Así funcionan las verdades útiles, doctor.
Sentí que Emily apretaba mi mano.
—¿Y la otra opción?