Parte 2 Un niño sin hogar se paraba todos….

Ella dejó de respirar.

Porque él sonrió igual que aquel niño hambriento al recibir media torta por primera vez.

Mateo caminó directo hacia ella.

La sala entera observó cómo el inversionista más codiciado de la noche ignoraba políticos, socios y fotógrafos para detenerse frente a la hija del dueño.

—Tardé un poco más de lo prometido —dijo en voz baja.

Isabella sintió temblar las manos.

—Mateo…

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Él sacó algo del bolsillo interno del saco.

Una pequeña pulsera de plata, gastada por los años.

La mitad que faltaba.

—Te dije que volvería cuando pudiera pararme frente a ti y ya no ser el niño hambriento de la reja.

A Isabella se le llenaron los ojos de lágrimas en medio del salón más elegante de la ciudad.

Nadie entendía nada.

Don Ricardo menos que nadie.

—¿Se conocen? —preguntó rígido.

Mateo volteó hacia él con educación impecable.

—Sí, señor Montes. Su hija me alimentó durante meses cuando yo no tenía casa, ni familia, ni razones para creer en nadie.

El silencio fue absoluto.

Los socios miraron a Ricardo. Los periodistas olieron historia. Isabella no podía apartar la vista.

Mateo continuó:

—Una pareja de Monterrey me adoptó poco después. Me dieron apellido, escuela y amor. Yo puse lo demás. Pero nunca olvidé quién me enseñó que la dignidad puede caber en media torta compartida entre barrotes.

Don Ricardo intentó recomponerse.

—Bueno… qué conmovedor. Si pasamos al tema de negocios…

—Claro —dijo Mateo.

Sacó una carpeta del asistente.

—Grupo Cruz Altamira comprará el sesenta por ciento de la deuda de Montes Holdings y refinanciará sus operaciones… con una condición.

Ricardo tensó la mandíbula.

—¿Cuál?

Mateo no miró a él.