Le llamé a mi mamá.
Ella contestó con una voz forzada, como si quisiera protegerme todavía.
—Ya estamos en camino, hija… no te preocupes. Son sus reglas, nada más. No hagamos más grande esto.
¿No te preocupes?
¿Cómo no iba a preocuparme?
¿Cómo iba a estar bien?
Sentí que algo se me rompía por dentro.
De un lado…
la familia que me dio la vida.
Del otro…
la familia a la que me fui a meter por amor.
Y yo…
atorada en medio.
Lo único que me dijo Marco fue:
—Aguanta… así es mi mamá.
¿Aguantar?
¿De verdad a eso le llaman aguantar?
¿O ya tenía otro nombre?
Porque para mí eso ya era crueldad.
Después de ese día, Carmen empeoró.
Quiso controlar todo.
La comida.
El dinero.
Mi manera de hablar.
Mi manera de criar a mi hijo.
Hasta el aire que yo respiraba parecía necesitar su permiso.
Una tarde incluso me dijo de frente, sin vergüenza:
—No se te olvide que esta casa es de nuestra familia. Tú aquí estás de arrimada. No te confundas.
No le respondí.
No lloré.
No levanté la voz.
Solo la miré.
Y me quedé callada.
Pero por dentro…
algo ya había empezado a moverse.
Una decisión.
Fría.
Clara.
Irrevocable.
Una decisión que, pocos días después…
iba a cambiarlo todo.
Y la persona que más se iba a estremecer…
no iba a ser yo.
Iba a ser Carmen.
PARTE 2…