PARTE 2
Mientras esperaba al licenciado Carlos Mendoza, los recuerdos me cayeron encima como lluvia pesada de agosto.
Valeria no había llegado a nuestra familia por amor. Eso lo entendí tarde, pero lo entendí. La primera vez que Diego la llevó a mi departamento, miró mis muebles sencillos, mis cortinas viejas y mi cocina pequeña con una sonrisa falsa.
—Qué… acogedor —dijo, como si la palabra le supiera amarga.
Luego se asomó al balcón y vio la avenida, los árboles, los cafés, la zona. Ahí sus ojos cambiaron. No vio mi hogar. Vio dinero.
Semanas después, mientras Diego estaba en el baño, la escuché hablando por teléfono en mi cocina.
—Mamá, el depa de la señora está en una zona carísima. Si logramos convencerla de que se vaya a una residencia, nos quedamos ahí un rato. Está bien ingenua, seguro hasta nos agradece.
Esa noche lloré en silencio, pero no dije nada. Quería creer que Diego se daría cuenta. Quería pensar que mi hijo no permitiría aquello.
Me equivoqué.
Tres meses antes de la boda, Valeria y sus papás llegaron a mi casa sin avisar. Traían folletos de residencias, cálculos impresos y hasta el nombre de un abogado.
—Aurora —dijo la mamá de Valeria—, a su edad una debe tomar decisiones responsables.
—Y el departamento se puede vender —agregó su papá—. Con eso usted paga una residencia digna y ayuda a los muchachos a empezar.
Diego estaba sentado junto a ellos, callado.
—Mamá, hazlo por nosotros —me pidió—. No seas egoísta.
Ese día comprendí que ya no me estaban sugiriendo n