Emma no pudo contenerse más. Toda su postura profesional desapareció ante la injusticia. Se plantó firme frente a la cama, bloqueando el paso de los médicos con su propio cuerpo.
“¡No manches, es tu propio hermano! ¡No lo pueden desconectar, él está escuchando, lo acabo de sentir!”, gritó la joven enfermera, temblando de rabia.
Roberto soltó una carcajada burlona, mirándola con desprecio de pies a cabeza. “A ver, niñita, tú eres solo una empleada aquí. Hazte a un lado y deja que los dueños del dinero arreglen los problemas de verdad”.
El director del hospital amenazó a Emma con llamar a seguridad y quitarle su licencia si no se retiraba inmediatamente. Con lágrimas de impotencia, ella se inclinó sobre Alejandro, le apretó la mano y le susurró al oído con desesperación.
“Si estás ahí adentro, neta, despierta ya. Es ahora o nunca, Alejandro. Diles que estás aquí. Por favor”.
El silencio tenso de la habitación fue destrozado por el sonido agudo y acelerado del monitor cardíaco. Los pitidos se volvieron una locura total. La mano de Alejandro se cerró con una fuerza sorprendente alrededor de los dedos de Emma.
Roberto retrocedió asustado, chocando con uno de los abogados. Paola soltó un grito ahogado y se tapó la boca. Los párpados del millonario temblaron violentamente, como si estuviera librando la batalla más grande de su vida.
Y entonces, sus ojos se abrieron de golpe. Respiró hondo, tragando aire con desesperación. La luz fluorescente le lastimó la vista, pero su mirada no buscó a su ambicioso hermano ni a su exesposa. Buscó directamente a la joven enfermera que lloraba a su lado.
“Em… ma…”, murmuró con una voz rasposa, rota, como si sus cuerdas vocales estuvieran oxidadas.
La habitación entera se congeló. Los médicos corrieron a revisarlo, empujando a la familia a un rincón. Roberto estaba blanco como el yeso, sudando frío y sin poder articular palabra.
“Hermano… qué milagro, güey”, tartamudeó el hermano mayor, intentando acercarse con una sonrisa nerviosa y falsa.